Transmisión de Valores para Prevenir el Suicidio
 

Transmisión de Valores para Prevenir el Suicidio

El respeto universal es un amor del espíritu:

Y este amor es el fundamento de la verdadera ayuda.


Bert Hellinger
 

¿Qué son los valores?

 

Los valores son pautas sociales que nos indican la importancia relativa de todo aquello que apreciamos en la vida. Por ejemplo, quien valora la verdad por encima de su propia tranquilidad, pretenderá que nunca se le oculte nada con el pretexto de no alterarlo. Como vemos, la opción contraria también es válida. 

Aunque muchos sistemas de creencias promueven determinados valores como fundamentales, por ejemplo, la fe, el patriotismo o la honestidad, aquí solo nos referiremos a los valores que demostraron ser eficaces a la hora de enfrentar las situaciones difíciles de la vida sin recurrir a pensamientos o conductas suicidas. Si incorporamos estos valores, si se los transmitimos a nuestros contactos cercanos y en especial a los más jóvenes, estaremos construyendo un mundo mejor y más seguro frente al riesgo del suicidio.

 

Los valores a los que nos referimos antes son:

Valoración de la vida

 

El valor de la vida parece incuestionable: ¿quién no apreciaría el valor de su propia vida? Sin embargo, muchas personas la desprecian; y entre quienes sí la valoramos, no todos lo hacemos en igual grado. Si todos valoráran su propia vida como el valor fundamental sin el cual nada es posible, las personas no asumirían riesgos innecesarios, cuidarían de su salud, no incurrirían en conductas autodestructivas como el cigarrillo, las drogas o el sexo irresponsable, y no pensarían en el suicidio como una alternativa válida en los momentos difíciles.

 

El valor que le damos a nuestra propia vida, se aprende desde nuestra primera infancia. Aprendemos a valorar nuestra propia vida viendo como nuestros padres o cuidadores la valoran y cómo valoran las suyas. Como sucede con otras pautas culturales se aprenden más desde el ejemplo que desde la palabra. Por eso, si comenzamos a valorar más nuestra propia vida no solo nos beneficiaremos nosotros sino también nuestros seres queridos.

Sin vida no hay otros valores para defender.

 

La Triada Cognitiva de Beck

 

Aaron Beck es un psiquiatra estadounidense que desarrolló la terapia cognitiva. Beck observó cierto esquema o patrón de pensamiento en las personas propensas a deprimirse. Estas personas suelen tener una visión negativa del mundo, de sí mismas y del futuro. A este esquema de pensamiento formado por creencias que se realimentan entre sí se lo conoce como Triada Cognitiva de Beck y también fue observado en personas con pensamientos suicidas.

 

Beck también describió cómo este esquema de pensamiento se genera, por lo general en la infancia, y cómo se realimenta a sí mismo. Entiéndase bien: no estamos diciendo aquí que pensar de este modo sea “bueno” o “malo”, tampoco estamos cuestionando las razones que podrían tener las personas para pensar así. Solo estamos diciendo que las personas con visiones negativas del mundo, de sí mismas o del futuro tienen un mayor riesgo de caer en depresión y de desarrollar pensamientos suicidas.

Lo más peligroso de la triada cognitiva de Beck es su capacidad de realimentarse a sí misma generando profecías autocumplidas. Por ejemplo, un niño al que los padres le dicen que no sirve para estudiar, se sentirá desanimado, no se preparará para los exámenes y obtendrá bajas calificaciones; a su vez sentirá que los profesores son crueles por plantearle dificultades muy por encima de sus capacidades y pensará que nunca conseguirá un buen empleo, lo cual, tal vez, también se cumpla.

 

En este ejemplo el daño inicial lo hicieron los padres, pero luego la triada cognitiva tomó vida propia. Beck también nos explica que este mecanismo se puede detener confrontando las propias creencias. De eso se trata la terapia cognitiva. No obstante, lo ideal sería que la triada cognitiva de Beck nunca se instale, y eso se relaciona con los valores que transmitimos, especialmente a nuestros hijos o menores a cargo. De hecho, podemos relacionar los tres vértices de la triada de Beck con tres valores que podemos y debemos transmitir: autoestima, amor al prójimo y esperanza.

 

Enseñar autoestima, amor al prójimo y esperanza no solo previene el suicidio sino también construye un mundo mejor.
 

Autoestima

 

La autoestima incluye la valoración de la propia vida pero es mucho más que eso. Autoestima es quererse a uno mismo. Pareciera algo elemental, sin embargo, hay muchísimas personas que no se quieren o que al menos no se quieren lo suficiente. Excusas no faltan. Como seres humanos que somos tenemos defectos. El rechazo a nuestros propios defectos puede hacer que nos dejemos de querer, o incluso que lleguemos a odiarnos. Sin embargo, el amor no debería funcionar así. Cuando uno quiere a una persona, cuando la quiere de verdad, aprecia sus virtudes y acepta sus defectos. Así deberíamos querernos también a nosotros mismos. ¿Podemos ser mejores? Seguramente. Pero nuestra capacidad de mejorar también está condicionada por el hecho de que en el momento presente aceptemos y queramos a la persona que hoy somos.

Querernos es también aceptar nuestros defectos

Los niños y las niñas aprenden a quererse y a valorarse a sí mismos desde el amor y el aprecio que le demuestran sus padres o cuidadores, y también desde el modelo de autoestima que observan en ellos. Amarnos a nosotros mismos, aceptarnos en nuestra condición humana con nuestros defectos y nuestras limitaciones, es el punto de partida para amar sanamente a otros.

 

Amor al prójimo

 

Cuando hablamos de una visión negativa del mundo, nos referimos especialmente a las personas que lo habitan. Quienes comparten esta visión se sienten amenazados por otras personas o al menos no confían en ellas. Razones no faltan. ¿Acaso no hay guerras y crímenes? ¿acaso las personas comunes no se comportan a menudo en modo injusto o egoísta? Todo esto es verdad, aunque también es cierto que muchas personas son con frecuencia generosas y hasta heroicas, y que todos, a pesar de nuestras limitaciones y defectos, albergamos un deseo de paz y justicia.

¿Cuál es la realidad entonces? ¿El mundo es un desastre o el mundo es maravilloso? Ambas respuestas son válidas, ambas pueden ser sostenidas con sólidos argumentos. El mundo se parece, en definitiva, a esas imágenes ambiguas en que cada uno ve lo que quiere ver. Aquellos que tengan una visión negativa del mundo buscarán continuamente argumentos para confirmarla, y los encontrarán. Por otro lado, aquellos que confían en que la naturaleza humana, más allá de sus defectos y limitaciones, es capaz de abnegación, grandeza y heroísmo, y que, en definitiva, todos buscamos mejorar y albergamos un anhelo de paz, amor y justicia, muy a pesar de nuestros múltiples errores, también encontrarán frecuentes confirmaciones que respalden su confianza.

El mundo suele parecerse a lo que queramos ver en él:

Nosotros elegimos. 

No hablamos aquí de la creencia ingenua de que todos actuarán siempre de la mejor manera, sino de aceptar al otro en su imperfección y quererlo desde la confianza en que a su modo busca ser mejor, como lo hacemos todos. Como dijimos, las dos visiones, positiva o negativa del mundo son válidas, y las personas cuentan con suficientes argumentos para defender una o la otra. Nosotros elegimos. Tampoco decimos que una elección sea “buena” y  otra “mala”, pero la experiencia demuestra que las personas con una visión positiva tendrán menor riesgo de caer en depresión o desarrollar pensamientos suicidas. 

Por eso, desde la óptica de la Prevención Comunitaria de la Conducta Suicida, practicar y promover desde el ejemplo una visión positiva del mundo y de las personas que lo habitan, sin duda alguna, es una práctica muy recomendable.

 

Confianza en el futuro

 

Confiar en el futuro es, en definitiva, confiar en las propias capacidades. Como dijimos antes, no nos referimos aquí a esa creencia ingenua en que todo saldrá siempre bien. Lo más probable es que en la vida de cualquier persona haya momentos buenos y malos. Incluso es esperable que la mayoría de las personas atraviesen varias crisis profundas en sus vidas. La confianza en el futuro no es negar que los problemas, incluso graves, pueden aparecer; sino saber que, así como hemos superado situaciones difíciles en el pasado, también podremos superar las que aparezcan en el futuro, resolviendo lo que se pueda resolver, aceptando las pérdidas, algunas veces llorando las pérdidas, pero siguiendo adelante.

 

La confianza en el futuro alimenta una actitud de determinación y coraje que, en definitiva, hace que las situaciones difíciles sean menos difíciles de superar y, sobre todo, reduce el riesgo de que entremos en depresión o desarrollemos pensamientos suicidas. Como otros valores, la confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad para afrontar dificultades se transmite desde el ejemplo. Los más chicos aprenden a confiar en el futuro desde la confianza que manifiestan sus padres o cuidadores en sus capacidades para resolver problemas y desde la actitud que observan en ellos. Por eso, cuando confiamos en nuestras propias capacidades para afrontar el futuro no solo estamos haciendo algo bueno para nosotros mismos sino también para quienes observan nuestra actitud.

 

Otros Valores

 

Los ejemplos mencionados no pretenden conformar una lista exhaustiva. En realidad, cualquier valor que promueva un estilo de vida saludable en los aspectos físico, psicológico y social y que aporte sentido y propósito a nuestras vidas ayudará en la prevención del suicidio. Otros ejemplos son la religiosidad, la salud, la justicia, la lealtad, etc. Debemos entender, sin embargo, que los valores son esencialmente aspiraciones. Los seres humanos somos falibles por lo que la perfección en la práctica de estos valores no está a nuestro alcance. Por lo mismo, todos los valores son relativos y la preservación de la vida debería estar siempre en primer lugar. 

La vida es la condición necesaria para el ejercicio de todos los demás valores.

 Siempre debe priorizarse.

 

Cuando este orden se trastoca, cuando se invoca otros valores como irrenunciables, tales como el éxito, el orgullo o el honor, los avatares de la vida podrían llevarnos a situaciones de profunda frustración en las que podrían aparecer pensamientos suicidas. Por esto, la transmisión de valores, especialmente a niños, niñas y adolescentes, debe encuadrarse en un clima de profundo respeto a las limitaciones humanas, las nuestras y las de todos los demás.

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