Barreras en la Comunicación para la Prevención del Suicidio
 

Barreras en la Comunicación para la Prevención del Suicidio

 

Las siguientes acciones podrían obstruir la comunicación o deteriorar el vínculo de confianza mutua entre quien ofrece y quien solicita asistencia en medio de una crisis emocional o con pensamientos suicidas, por lo tanto, están desaconsejadas. Muy especialmente en las primeras etapas de la asistencia en las que la confianza mutua todavía no está afianzada:

Criticar

Criticar o evaluar negativamente al otro, sus acciones o sus actitudes, nunca es positivo en la asistencia a personas en crisis o con pensamientos suicidas. Aun cuando consideremos tener razones para creer o suponer que son precisamente esas acciones o actitudes la causa de sus problemas y que modificarlas sería la solución, nuestra crítica difícilmente logre ese efecto. Incluso podría hacer imposible la asistencia ya que es más probable que la persona se ponga a la defensiva, se ofenda, se enoje o busque argumentos para sostener su postura. En el mejor de los casos, nuestra crítica solo actuará como distractor del tema central que siempre debe ser la persona que necesita asistencia, lo que le pasa y lo que siente.

Estereotipar

En todo momento debemos tener en cuenta que el otro es un ser humano único. Toda nuestra experiencia, creencias e incluso conocimientos previos sobre determinados grupos de personas podrían no ser aplicables a una persona real. Estos prejuicios podrían representar barreras importantes en la comunicación. Por una parte, nos pueden llevar a supuestos que nos impidan conocer a la persona y, por otra, al dejarlos traslucir en preguntas o comentarios podrían generar desconcierto, ofensa o enojo perjudicando el vínculo de confianza mutua que se pretendía construir.

Algunos prejuicios pueden resultar tremendamente dañinos. Por eso, lo mejor es preguntar. Si alguien nos dice que sufre esquizofrenia en lugar de dejarnos llevar por lo que sabemos de esa enfermedad deberíamos preguntar: “¿Qué síntomas te produce?” o “¿Cómo afecta tu vida?”.

Diagnosticar

Nos referimos a dar explicaciones simplistas de por qué al otro le pasa lo que nos cuenta o se siente como dice sentirse. Por ejemplo: “Rompiste con tu novio porque no le prestabas atención, ¡las relaciones hay que cuidarlas!”, o bien: “Te sentís angustiado porque le das demasiada importancia al asunto”. Expresiones de este tipo difícilmente sean de ayuda. Por el contrario, quien recibe asistencia podría sentirse juzgado y desmotivado para continuar contando lo que le pasa y lo que siente.

Dar órdenes

Decirle a otra persona lo que debe hacer es violatorio de la libertad de acción y lógicamente puede resultar ofensivo para quien escucha la orden y siente que no se lo considera capaz de tomar sus propias decisiones. Un tono directivo o imperativo se justifica solo frente a una emergencia.

Amenazar

Amenazar o advertir sobre consecuencias negativas con el objeto de forzar decisiones en el otro, como por ejemplo: “Si no tomás las pastillas que te dio el médico te van a tener que internar”, nunca es útil para afianzar la confianza mutua. Distinto es reflexionar junto a quien recibe asistencia sobre los posibles riesgos o consecuencias negativas de sus actos. Para ello se debe ser muy claro y directo, pero siempre respetando su libertad de decisión. Por ejemplo, se puede decir: “Entiendo que no te guste tomar pastillas, pero no tiene nada de malo hacerlo, todos podemos necesitarlas en algún momento, y sabés que no se puede esperar que tu situación mejore si no hacés nada al respecto”.

Acusar

Acusar o decir lo que se debe hacer, tampoco funciona en estos casos. La relación de asistencia es claramente asimétrica, pero eso no implica superioridad moral de quien asiste. El otro tiene derecho a tener sus propios valores y a expresarlos. Aun cuando su conducta nos parezca censurable, el momento en que necesita de nuestra asistencia no es el adecuado para señalarlo o acusarlo por sus acciones u omisiones. Una acusación puede tener el efecto contrario al buscado y generar posturas defensivas. Por ese motivo, aunque pensemos que una conducta “inapropiada” pudiera ser la causa del sufrimiento es mucho más productivo respetar sus decisiones y valores, y desde ese lugar reflexionar junto a él o ella sobre las posibles consecuencias de sus actos para sí mismo o para terceros.

Preguntas excesivas o inapropiadas

Las preguntas son nuestra principal herramienta para conocer al otro en la asistencia, pero también pueden convertirse en un obstáculo para la comunicación, si interrumpimos continuamente y sin justificación, si cambiamos de tema, si no guardamos relación con las preocupaciones que trae quien nos pide asistencia, si son claramente intrusivas o fuera de lugar, si incluyen valoraciones, juicios morales o consejos. Las mejores preguntas siempre tienen que sonar como invitaciones a hablar con libertad de lo que le pasa o lo que siente el otro. Por eso son preferibles las preguntas abiertas cuyas respuestas requieren cierto desarrollo, en contraposición a las cerradas que se puedan responder con un monosílabo. Por ejemplo, si alguien nos cuenta de la muerte de un ser querido, en lugar de preguntarle si dicha pérdida lo angustia, podemos pedirle que nos cuente sobre la relación entre ambos o sobre cómo está llevando su ausencia.

Es importante que antes de preguntar sobre otro tema, estemos seguros de que ya entendemos lo que se viene diciendo, que no quedan zonas ambiguas y, fundamentalmente, que el asistido haya dicho todo lo que tenía que decir al respecto. Los cambios de tema no deben ser bruscos, sino que tiene que ir relacionándose unos temas con otros. Por ejemplo: si el asistido habla de su esposa puedo preguntarle cómo se conocieron y desde allí hablar de su juventud y su familia de origen sin que casi se noten los cambios. Esto hace que la conversación sea más coloquial y no suene como un interrogatorio o una encuesta.

Hay historias que por su gravedad y por la preocupación o ansiedad que generan son difíciles de abandonar, pero si lo hacemos de este modo podremos lograr que el pasaje de un tema a otro se desarrolle en forma natural. Por ejemplo, si un padre nos consulta preocupado por el intento de suicidio de su hijo querrá hablar sobre lo que debe hacer al respecto, preguntar por otro aspecto de su vida sería desatender su lógica de la urgencia, pero para darle una respuesta adecuada necesitamos conocerlo a él y al entorno familiar. Podemos comenzar hablando de su hijo, pasar a la relación entre ambos y de ahí a las relaciones familiares, sin abandonar nunca la consulta central, pero permitiendo que se hable sobre toda la situación.

Volver a preguntar lo que ya se dijo

Necesitamos mostrarle al asistido que estamos prestando mucha atención ya que lo que le pasa y lo que siente nos importa, y para ello debemos cuidarnos de no volver a preguntar lo que ya se dijo.

Si queremos volver a preguntar sobre un tema que ya se trató porque no estamos del todo convencidos con la respuesta o porque nos parece importante enfocar ahí para asistir mejor a la persona, sería bueno recordar la situación con una pequeña aclaración como: “Te vuelvo a preguntar: ¿nunca te llevaste bien con tus viejos?” O bien: “me dijiste que nunca te llevaste bien con tus viejos, pero también me decís que los extrañás, ¿estás seguro de que no hubo algunos momentos buenos?” Con estas aclaraciones la repetición de la pregunta quedará justificada y no podrá ser interpretada como olvido o falta de atención.

Aconsejar o dar soluciones simples 

Cuando una persona busca nuestra asistencia, generalmente plantea un problema que le angustia, le preocupa o le genera sufrimiento. Ese primer problema planteado nunca agota la complejidad de la situación. Es solo una puerta de entrada desde donde podemos comenzar a conocer al otro y desde donde el otro puede comenzar a contar lo que realmente le pasa y lo que siente al respecto. Sin embargo, nuestras ganas de ayudar nos pueden llevar a aportar una solución inmediatamente después de escuchar el problema. Además de que estas soluciones apresuradas muchas veces no son adecuadas, y aunque lo fueran, por lo general no son escuchadas, representan en sí mismas bloqueos firmes y muchas veces insuperables en la comunicación. Si la persona ya planteó su problema y nosotros le dimos la solución, se genera la sensación de que ya no hay nada más que hablar, por lo que la relación de asistencia se ve interrumpida apenas comienza y habiendo rozado solo la superficie.

Los consejos no solo desvían el tema de la conversación sacándonos del problema e impidiendo que quién pide asistencia se exprese libremente sobre lo que realmente lo aqueja, sino que también pueden interpretarse como una ofensa por falta de confianza en la capacidad de quien nos habla. Nunca debemos olvidar que aquel que solicita nuestra asistencia, conoce su problema mucho mejor que nosotros, y en ocasiones lo estuvo pensando durante meses. Por lo tanto, es ilusorio suponer que con solo escucharlo se nos ocurra alguna solución que él o ella no hayan pensado antes. En todo caso nuestra tarea en la asistencia no es aportar soluciones sino brindar escucha, contención y acompañamiento.

Los consejos directos en forma de órdenes como: “Tenés que hacer esto” son los más chocantes, pero otras formas más amables como las sugerencias, por ejemplo: “Podrías hacer esto”, son equivalentes a la hora de bloquear la comunicación. Incluso los consejos disfrazados como preguntas del tipo: “¿No probaste hacer esto?”, tienen el mismo efecto.

Por supuesto, es cierto que se espera de nosotros alguna devolución, pero es necesario postergar esta devolución hasta tener la oportunidad de establecer un vínculo firme de confianza mutua y conocer bien a la persona y a la circunstancia concreta que está padeciendo.

Desviarse

Las cuestiones que le producen angustia y preocupación a la persona que solicita ayuda, deberían ser los temas centrales de la asistencia porque son los que más contribuyen a afianzar el vínculo de confianza mutua e intimidad. Sin embargo, estas cuestiones a veces son evitadas por quien pide ayuda, debido a la angustia que producen o por vergüenza. Cuando el clima de confianza hace que se anime a hablar de uno de estos temas centrales, debemos cuidar esta conexión invitándolo a profundizar.

 

A veces sucede que algunos asuntos pueden ser también angustiantes o incómodos para el que asiste, por lo que no sería extraño que la conversación sea desviada con una pregunta fuera de lugar u otro recurso; si esto sucediera, no solo se desperdiciaría una oportunidad para conocer en profundidad al otro y su situación, sino que el vínculo de confianza mutua se vería deteriorado.

Dar un falso consuelo

El mejor consuelo que podemos brindar es abrir un espacio de escucha y contención donde la persona que solicita asistencia pueda sentir que nos importa lo que le está pasando y lo que siente. Un espacio donde quede claro que ponemos lo mejor de nosotros para tratar de comprender su dolor y que también nos afecta lo que a él o ella le está pasando. Sin embargo, el dolor del otro puede angustiarnos tanto que nos induce a decir frases hechas con la intención de consolar pero que solo sirven para bloquear la posibilidad del otro de expresarse libremente y aliviar su dolor. Frases como: “Ya va a pasar”, “No te preocupes”, “No te sientas mal por esto”, “Me hace mal escucharte llorar”, y otras más prejuiciosas como: “Tenés que ser fuerte” o “Los hombres no lloran” son, lamentablemente, muy frecuentes en nuestra cultura, y dichas en el momento en que el otro intenta expresarse actúan como una auténtica barrera.

Dar argumentos lógicos

Otra forma de bloquear la expresión de sentimientos son los argumentos lógicos. Cuando una persona nos habla de su angustia lo que necesita es ser escuchada, no una argumentación de por qué se siente así. Por ejemplo, si nos habla del dolor por una pérdida nuestra primera tarea debe ser acompañar, no explicar diciendo, por ejemplo: “La mayoría de las personas que atraviesan un duelo logran superar las emociones más intensas luego de unos pocos meses”. A la persona que nos cuenta de su pérdida, no le importan las estadísticas, está procesando su sufrimiento que es único y necesita ser escuchada y emocionalmente contenida. Por lo tanto, mucho mejor sería expresar: “Cuánto lo siento”, e incluso incentivarla a hablar más con invitaciones como: “Contame un poco más sobre la relación entre ustedes”. Recién después, cuando se sienta comprendida y contenida, podremos abrir un espacio de reflexión sobre el proceso de duelo.

Pedirle que explique cómo o por qué se siente así

Es lógico que el que asiste quiera saber más sobre los sentimientos de quien habla, cómo se siente y por qué se siente así… indagar sobre estas cuestiones es nuestra tarea. Sin embargo, las preguntas demasiado directas respecto de los sentimientos del tipo “¿qué es lo que más te angustia?” casi nunca aportan la información que estamos buscando. Es muy difícil para cualquiera dar una respuesta objetiva sobre sus propios sentimientos y obliga a un trabajo de racionalización que aleja la conversación del plano emocional. Es mucho más productivo indagar en escenas y relatos concretos, por ejemplo, podríamos preguntar: “¿cómo empezó todo esto?”,” ¿desde cuándo te sentís así?”, “¿qué hiciste cuando te enteraste?”, “¿qué pensaste cuando volviste a verlo?”.

Ver también:

Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas

La Escucha Activa en la Prevención del Suicidio

Principios de Comunicación en la Prevención del Suicidio

Puentes en la Comunicación para la Prevención del Suicidio

escenarios saludables