El Proceso Suicida -Etapas Iniciales
 

El Proceso Suicida -Etapas Iniciales

 

Todas las personas somos potenciales para todo,

somos potencialmente felices, capaces, depresivos o suicidas.

Carlos Boronat

El camino hacia el pensamiento suicida

 

Solemos pensar en el suicidio como un hecho espontáneo, o al menos bastante aislado del resto de la vida de las personas. Un individuo se enfrenta a un problema que cree no poder resolver y decide suicidarse. Las autopsias psicológicas de muertes a causa de suicidio y las entrevistas a personas que realizaron intentos de suicidio demuestran que no ocurre así.

Si bien siempre hay un desencadenante, para que una persona decida suicidarse tiene que recorrer un camino conocido como proceso suicida. Conocer las etapas de este proceso resulta útil para la Prevención Comunitaria del Suicidio porque nos muestra cómo podemos reconocer señales e intervenir. De hecho, cada etapa del proceso es una oportunidad para detenerlo.

Si bien este proceso es diferente y único para cada persona, se han presentado modelos para facilitar su comprensión. Estos modelos resultan útiles siempre que no olvidemos que son solo modelos y que la realidad de cada individuo puede ser mucho más compleja.

 

Nos basamos aquí en el modelo presentado por el Licenciado Carlos Boronat, reconocido psicólogo argentino especializado en prevención del suicidio, por su claridad y simplicidad.

Los hechos cotidianos

Las acciones humanas están orientadas a la satisfacción de los deseos y las necesidades. Casi todo el tiempo hacemos cosas sin pensarlas demasiado, ya sea porque es nuestra rutina, porque es lo que tenemos que hacer o simplemente porque queremos: levantarse por la mañana, desayunar, ir a trabajar… Normalmente no pensamos demasiado en esos hechos, pero la aparición de algún inconveniente nos obliga a tomar una decisión: tenemos un problema.

El problema

Todos tenemos problemas y los resolvemos continuamente: cada vez que tomamos una decisión estamos resolviendo un problema. No tiene por qué ser una cuestión grave o importante. Retomando el ejemplo anterior: desde que suena el despertador por la mañana tenemos que decidir si levantarnos inmediatamente o quedarnos un rato más en la cama; si decido quedarme un rato más luego tendré que apurarme.

Esto es lo más importante a saber sobre los problemas:

 

Un problema siempre demanda una decisión y una decisión siempre conlleva sacrificar algo.

Tomar decisiones es bueno, porque significa que somos libres. Pero para algunas personas en determinadas circunstancias, la carga de responsabilidad que implica tomar decisiones, y por lo tanto hacerse cargo de las consecuencias, es demasiado pesada. Por ejemplo: un matrimonio con problemas serios de pareja, puede decidir comprometerse más en el vínculo y solucionar sus problemas o separarse, pero ambas alternativas implican algún sacrificio por lo que con frecuencia deciden no decidir nada y continuar con la mala relación. Lo mismo puede pasarnos con otras relaciones, con el trabajo, con la carrera o con cada decisión que debemos tomar en la vida. Con frecuencia decidimos no decidir prolongando el problema: tenemos un conflicto.

El conflicto

Un conflicto es un problema que no podemos o no queremos resolver ya que todas las opciones para hacerlo requieren sacrificios o riesgos que no estamos dispuestos a asumir.

 

Mantener problemas sin resolver no es gratuito. Al hacerlo, prolongamos todos los inconvenientes que conlleva el problema, que casi siempre implican cierta dosis de ansiedad y sufrimiento emocional. Tener conflictos no es lo mejor, pero tampoco es muy grave; todos tenemos alguno y hasta solemos “olvidarlos” durante períodos prolongados. Podemos vivir con una mala relación conyugal, un trabajo poco satisfactorio, un compañero insufrible, un sueño incumplido, etc. 

Los conflictos son como cajones en un mueble, cada vez que abrimos uno, recordamos su contenido, pero podemos dejarlos cerrados mucho tiempo; y así, aunque tengamos varios conflictos podemos llevar una vida apacible. Las verdaderas dificultades comienzan cuando uno de los conflictos crece hasta ocuparlo todo: estamos en crisis.

La crisis

Nótese que no decimos “tengo” un problema, “tengo” un conflicto, en cambio decimos “estoy” en crisis. La sensación de crisis es algo que no podemos manejar, que nos supera y abarca toda la nuestra percepción de la realidad, se entromete en nuestros pensamientos. No podemos dejar de pensar en el asunto y sus posibles consecuencias.

 

Estar en crisis es desgastante, implica altos niveles de ansiedad y emociones demasiado intensas para sostenerlas durante mucho tiempo. Aún así, todos atravesamos varias crisis emocionales en nuestra vida. Algunas están asociadas a conflictos propios relacionados con los cambios de edad, las llamadas crisis vitales: la pubertad, la adolescencia, la crisis de la mediana edad o el ingreso a la tercera edad; otras se vinculan con situaciones; se las conoce como crisis situacionales: un divorcio, un duelo, un desalojo o el desempleo.

Todas las crisis demandan resolución. No resolverlas significa quedar atados a una situación que sentimos como incómoda y, en algunas ocasiones, como insoportable.

 

Las crisis intensas que se prolongan en el tiempo pueden llegar a ser tan difíciles de transitar que llegan a alimentar fantasías de evasión.

Fantasías de evasión

Hasta aquí, las etapas descritas comprenden a todo el género humano. Todos tenemos problemas, tenemos conflictos y atravesamos alguna crisis emocional en nuestras vidas. Las etapas que siguen son cada vez menos frecuentes y representan un riesgo suicida creciente.

 

Cuando una crisis emocional es muy intensa o duradera puede generar fantasías de evasión.

 

El sufrimiento emocional se vive como insoportable, los niveles de ansiedad crecientes hacen que sea cada vez más difícil pensar con claridad. El problema original pasa a segundo plano y su resolución suele hacerse cada vez más difícil o parecer más distante. Las fantasías de evasión se manifiestan en expresiones como “quisiera irme de viaje y no volver nunca” o “quisiera desaparecer”; o bien en conductas evasivas como el consumo de drogas o alcohol o la búsqueda de diversión desenfrenada. 

Sin embargo, los pensamientos y conductas evasivas no significan la renuncia del sujeto a resolver sus problemas, son más bien actos de rebeldía frente a una realidad que lo supera. Las fantasías evasivas no necesariamente implican la idea de muerte, pero si persisten, esta idea puede aparecer.

Las fantasías de muerte

Cuando el sujeto comprende que sus pensamientos y conductas evasivas no sirven para liberarlo de su situación de crisis ni tampoco encuentra otra forma de resolverla, puede comenzar a pensar en la muerte como una alternativa válida. El sujeto en estas condiciones puede pasar mucho tiempo fantaseando su propia muerte. El temor que siempre produce la idea, va disminuyendo en la medida que se va familiarizando con estos pensamientos. Hasta puede racionalizar la cuestión y encontrar justificaciones o ventajas, como por ejemplo: “Los demás van a estar mejor sin mí” o “De todos modos, nadie va a notar mi ausencia”. Esta suele ser una etapa de profunda soledad emocional en la que el sujeto se convence de que a nadie le importa lo que le está pasando.

 

Si mantiene un enojo con algún familiar, puede imaginar escenas de su propia muerte donde ve cómo su familiar sufre o se lamenta por haberlo perdido o por no haberse ocupado a tiempo. Anticipa una venganza póstuma.

Es importante destacar que las fantasías de muerte no son lo mismo que pensamientos suicidas. La persona que está en esta etapa aún no piensa, al menos conscientemente, en matarse, puede desear que algo terrible le ocurra y hasta asumir conductas de riesgo como conducir en forma imprudente, abandonar un tratamiento médico o abusar en el consumo de sustancias tóxicas. Estas acciones no conllevan la intención consciente de quitarse la vida pero aún así son riesgosas.

 

En otros casos, las personas que piensan en su muerte como la solución de sus problemas y hasta manifiestan sus deseos de morir, expresan también mucho miedo a la muerte y hasta pueden mostrar conductas obsesivas en el cuidado de su salud.

 

La ambivalencia entre el deseo de muerte y el apego a la vida está siempre presente.

Pensamientos suicidas

Pensar en atentar contra la propia vida requiere cruzar otro límite. Pero si el sufrimiento emocional intenso continúa, al sujeto ya no le bastará con la ilusión de que algún día la muerte lo libere, pronto pensará en hacer algo al respecto.

La idea del suicidio puede ser al principio algo difusa. El medio a utilizar puede surgir junto con la propia idea o aparecer luego. La persona puede evaluar varias alternativas en grado de fantasía, con ello se va familiarizando con la idea. Algunas veces, darse cuenta de que se está pensando en el suicidio puede producir mucho miedo de no poder controlar esos pensamientos. Sin embargo, hasta los pensamientos suicidas se naturalizan con el tiempo y el sujeto aprende a vivir con ellos.

 

Paradójicamente, estos pensamientos pueden llegar a proporcionar cierto alivio. Para las personas que hace tiempo sienten que no tienen control sobre sus vidas ni escapatoria a su sufrimiento, pensar en la posibilidad del suicidio puede devolverles cierta sensación de control.

 

En este estado, el sujeto no deja de querer solucionar sus problemas y aliviar su sufrimiento para vivir mejor, pero se siente cada vez más aislado por lo que va perdiendo la confianza en poder hacerlo; esto también va deteriorando su autoestima y el valor que le da a su propia vida. Sin embargo, si se le pregunta a una persona con pensamientos suicidas qué haría si pudiera solucionar sus problemas y dejar de sufrir, seguramente nos hablará de planes de vida y no de muerte. Por eso decimos que la persona con pensamientos suicidas no quiere morir, lo que realmente quiere es dejar de sufrir, y encuentra a la muerte como una alternativa válida. La persona que se encuentra en esta condición está en un continuo dilema entre la vida y la muerte, por momentos piensa en el suicidio y lo ve como una opción válida para terminar con su sufrimiento y por momentos quiere salir de esos pensamientos, resolver sus problemas y llevar una vida más tranquila. Da vueltas y vueltas sobre las mismas ideas y no encuentra respuestas.

 

Los pensamientos suicidas pueden pasar inadvertidos hasta para los familiares, convivientes y compañeros.

 

Quienes sufren pensamientos suicidas suelen ocultarlos, ya que son vistos como un signo de debilidad o inestabilidad por lo que muchos pueden sentir vergüenza de confesarlos o prefieren no hacerlo como una forma de cuidar su imagen o incluso de conservar su trabajo o sus relaciones. El estigma social respecto a los pensamientos suicidas es tan fuerte que muchas personas prefieren no tocar el tema ni siquiera en terapia.

Otras pueden hablar directamente a sus familiares o amigos sobre sus pensamientos suicidas y no ser escuchadas por pensar que son frases hechas y exageradas o intentos de manipulación. Y si bien es probable que sus comentarios escondan propósitos manipuladores, no significa que esos pensamientos sean fingidos. En general, cuando alguien manifiesta ideas suicidas, hay al menos una base de verdad, por lo que, sin ceder a la manipulación, si existiera, deberíamos escuchar y brindar la asistencia que está necesitando.

Si bien en todas las etapas del proceso suicida la asistencia es posible, esta es la etapa en que realizar una asistencia efectiva es más factible. El sujeto suele sentir que ya “tocó fondo” y por ello está más dispuesto y abierto a recibir asistencia. Necesita confirmar que no está solo, que a alguien más le importan sus problemas y su sufrimiento (Ver Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas)

Las personas que llegan a tener pensamientos suicidas son muchísimas, algunas como un pensamiento pasajero que dura apenas unos segundos y algunas como ideas recurrentes que las pueden acompañar meses, años o décadas, pero no todas ellas llegan a elaborar un verdadero plan suicida. Avanzar en el proceso suicida requiere cruzar otros límites. De ello hablaremos en El Proceso Suicida - Etapas Avanzadas.

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