Transmisión de Habilidades Sociales para Prevenir el Suicidio
 

Transmisión de Habilidades Sociales para Prevenir el Suicidio

 

Si el enemigo definitivo es la deshumanización,

la solución definitiva debe ser la revitalización y restauración de la humanidad.


Daisaku Ikeda
 

¿Por qué enseñar Habilidades Sociales es importante para la Prevención del Suicidio?

 

Casi todos los Factores de Riesgo y los Factores Protectores de la Conducta Suicida se relacionan directa o indirectamente con la forma en que nos relacionamos con otras personas. Y es natural que así sea. Somos seres gregarios, necesitamos de otras personas en nuestras vidas así como necesitamos comer o dormir. Sin embargo, las relaciones humanas se han vuelto muy complejas en el siglo XXI y los sistemas educativos aún no terminan de adaptarse a estos cambios. 

Aprender a relacionarnos con otras personas podría ser el aprendizaje más importante de nuestras vidas. No importa a qué nos dediquemos o qué proyectos tengamos. Relacionarse siempre será prioritario. Sin embargo, es llamativa la poca importancia que se le da a la enseñanza de habilidades sociales tanto en hogares como en escuelas. Pareciera que damos por descontado que, como es natural relacionarse con otras personas, no es algo que deberíamos enseñar. El incremento de los casos de bullying, los conflictos de pareja, la violencia doméstica y las altas tasas de suicidio, especialmente entre adolescentes y jóvenes, nos muestran lo contrario.

 

Si bien relacionarse es natural, la preservación de relaciones saludables requiere de práctica y enseñanza. Así lo entendieron quienes desarrollaron Kiva, un programa originario de Finlandia pero que se está extendiendo a varios países en el que se enseña habilidades sociales desde edades muy tempranas. Kiva demostró ser efectivo en la prevención del bullying, la violencia y el suicidio adolescente.

 

También en nuestro país se están incluyendo desde el preescolar, actividades para reconocer las emociones. Todo esto ayuda, pero lo que aún falta es muchísimo. Para reducir los problemas antes mencionados y para que las personas cuenten con las herramientas necesarias para afrontar las vicisitudes de sus vidas sin recurrir a pensamientos suicidas, es necesario impulsar un verdadero cambio social en el que la práctica y la enseñanza de habilidades sociales realmente se prioricen.

Las habilidades sociales son el aprendizaje más importante de la infancia. 

 

Las principales habilidades sociales a las que nos referimos son:

 

Empatía

 

La empatía es nuestra capacidad para reconocer los estados emocionales de otras personas y responder en consecuencia. Podríamos decir que la comunicación humana es un proceso que ocurre en dos planos paralelos: el plano conceptual y el plano emocional.

El plano conceptual corresponde a las funciones de explicar y entender y nos sirve para comunicar conceptos. Pero como humanos necesitamos establecer un canal de comunicación adicional para expresar nuestras emociones y comprender las emociones del otro. Es este otro plano de la comunicación humana el que más contribuye para establecer y mantener los vínculos entre las personas.

 

La empatía es una capacidad natural. Todos podemos percibir los estados emocionales de otros interpretando su postura, sus gestos, su tono de voz, la cadencia de su discurso o simplemente escuchando lo que dicen y cómo lo dicen; todos podemos, por los mismos medios hacerle saber al otro que comprendemos lo que siente. Sin embargo, no todos manejamos estas habilidades con la misma eficiencia. Lo bueno es que, como otras capacidades naturales, la empatía se puede entrenar. Y entrenar la empatía es muy importante, porque relacionarnos con otras personas en el plano emocional no es un opcional. Es una necesidad vital para los humanos.

Si algo tienen en común la mayoría de las personas con pensamientos suicidas es que viven su sufrimiento en soledad, o al menos así lo sienten. Poder comunicar lo que sentimos y poder percibir lo que otros sienten es la herramienta más efectiva en la prevención del suicidio. Por eso, entrenar la empatía es de fundamental importancia.

 

Como sucede con otras habilidades, la empatía se entrena con la práctica cotidiana. Si prestamos más atención a las personas que tenemos alrededor, si nos preocupamos genuinamente por ellos, si les hacemos saber nuestro interés con preguntas simples como: “¿cómo estás?” o “te veo mal, ¿te pasa algo?”, estableceremos un canal de comunicación, iniciaremos un vínculo de confianza mutua que seguramente serviría de mucho si la situación fuera grave. Si todas las personas, o al menos una gran mayoría, estuviéramos conectados de este modo, formaríamos una gran red de contención en la que la soledad profunda, típica del pensamiento suicida, sería mucho menos frecuente.

La empatía como todas las habilidades sociales se entrena en la interacción social y al practicarla. 

 

Un mundo mejor es posible.

Solo tenemos que comenzar a construirlo.

 

Tolerancia

 

La Organización Mundial de la Salud cita a la discriminación en sus diversas formas, como uno de los principales factores de riesgo de la conducta suicida. El bullying, que es en sí, una forma explícita de discriminación, se ha señalado muchas veces como un disparador de la conducta suicida. Si bien es mucho lo que se ha avanzado en las últimas décadas en la lucha contra la discriminación, gracias fundamentalmente a la prédica de grupos minoritarios, es mucho más lo que queda por hacer. 

Pareciera que solo hemos atacado lo más superficial del problema. Hoy, los actos de discriminación abierta y explícita, además de ser ilegales, no son socialmente aceptados. Pero subsisten acciones más sutiles o microagresiones, comentarios, miradas, gestos, que pueden pasar desapercibidos para los observadores pero que, por su repetición, causan en las víctimas tanto o más daño que las acciones más flagrantes.

Combatir esta forma más sutil de la discriminación puede ser mucho más difícil. No alcanza con censurar los actos reprochables. El cambio debe ser mucho más profundo y apuntar al interior de cada miembro de la comunidad. La tolerancia debe enseñarse como un valor universal, especialmente a los más chicos. Los actos de rechazo hacia otras formas de pensar o de sentir, hacia las personas con otro color de piel, fisonomía, gustos o preferencias sexuales no deben naturalizarse. Pero tampoco sirve solamente castigarlos. La empatía vuelve a ser la respuesta. Debemos apelar a que el agresor o microagresor pueda percibir el daño que causa en quien es agredido. 

Las formas más sutiles de la discriminación solo pueden ser reducidas desde una auténtica toma de consciencia.

Enseñar la tolerancia es, tal vez, el mayor desafío para las sociedades posmodernas. En el pasado, la humanidad estaba estructurada en grupos bastante independientes. El rechazo a lo diferente resultó en muchas ocasiones funcional a la cohesión interna de esos grupos. Hoy la situación es diferente. El avance vertiginoso de las comunicaciones está convirtiendo al mundo en una gran aldea global. Si no podemos aceptar las diferencias, si no logramos verlas como elementos que enriquecen el medio social, difícilmente podamos construir una sociedad contenedora que atienda las necesidades de todos sus miembros. Para evitar que tantas personas se sientan excluidas de sus grupos, sus comunidades y sus medios sociales debemos practicar y promover la tolerancia en todos los planos. 

 

Otras habilidades sociales

 

Además de la empatía y la tolerancia existen muchas habilidades sociales que sin duda ayudan en la prevención del suicidio: la amabilidad, el respeto, la cortesía y cualquier otra que promueva la cohesión social. Debemos entender que el suicidio no es un problema individual sino social. Las personas con pensamientos suicidas sienten que de algún modo fueron excluidas de su medio social. Lo importante no es aquí determinar si este sentimiento está o no justificado, sino preguntarnos qué podemos hacer para evitarlo. 

La inclusión social es el mejor antídoto contra el suicidio.

Las habilidades sociales juegan en esto un doble papel: por un lado dotan a las personas de más herramientas para procurar su propia integración social y por el otro hacen que las comunidades sean más contenedoras y receptivas. Si logramos ambos objetivos, sin duda estaremos construyendo una verdadera red de contención comunitaria para que todo aquel que esté atravesando momentos difíciles en su vida encuentre a quién acudir. Y, seguramente,  lograríamos un gran avance en la prevención del suicidio.

 

escenarios saludables