Prevención del Suicidio en Adultos
 

Prevención del Suicidio en Adultos

 

Ser adulto es estar solo.

Jean-Jacques Rousseau

Por qué la prevención del suicidio sigue siendo importante en adultos


La mayoría de las campañas de prevención del suicidio están dirigidas a adolescentes y jóvenes (entre 15 y 24 años), y esto es lógico por los altos índices de suicidio de este grupo etario. Sin embargo, es entre los adultos maduros (entre 25 y 64 años) donde ocurren la mayor cantidad de suicidios. Aunque con índices más bajos que en la adolescencia o la primera juventud, la amplitud de este rango etario que representa casi la mitad de la población hace que más de la mitad de los suicidios registrados correspondan a la edad madura (Datos del Ministerio de Salud).


Así como la adolescencia y la juventud suelen ser etapas de proyectos e ilusiones, la madurez puede convertirse en una etapa de frustración. La realidad cotidiana podría contrastar fuertemente con las ilusiones adolescentes, y a esta crisis en las expectativas se le suelen sumar otros duelos por diversas pérdidas. Si es que hubo un ámbito contenedor en la infancia o adolescencia, cada día se aleja un poco más; los padres envejecen y los amigos se ocupan de sus propios asuntos. El adulto maduro carga con todo el peso de sus responsabilidades y con sus frustraciones. Un sentimiento de fracaso, desamparo y sin sentido podría invadirlo en algún momento de su vida adulta. Si a todo esto se le suma algún problema grave que pudiera actuar como disparador, los pensamientos suicidas no tardarán en aparecer.

 
La madurez es una época de obligados replanteos y necesarias adaptaciones. Se necesita un cambio profundo de paradigma para seguir adelante. La clave es aceptar. Aceptarse a uno mismo por empezar, pero también aceptar nuestro entorno social y nuestra situación. Valorar los logros, el camino recorrido, y ser condescendiente con los errores propios y ajenos. En resumen, aceptar nuestra humanidad y la de quienes nos acompañan.


El entorno social de los adultos maduros


En la infancia disponemos de un entorno social que, bueno o malo, es el que nos vino dado. A medida que crecemos y vamos ganando independencia, durante la niñez, la adolescencia y la primera juventud, vamos sumando nuestras propias relaciones; pero el entorno de base sigue estando ahí, actuando como red de contención emocional. Sin embargo, cuando nos convertimos en adultos, se supone que nuestro rol pasa a ser el de cuidar y no el de ser cuidados. Aquellos que nos brindaban contención ya no están o no nos animamos a recurrir a ellos. “Ya somos grandes”, es lo que ya hace tiempo nos repiten. En realidad, todos necesitamos del apoyo, la contención, la valoración y la validación de otros, no importa la edad que tengamos. Cuando por cualquier motivo estos recursos nos faltan, nos volvemos más vulnerables y es más probable que desarrollemos síntomas de desánimo, depresión o angustia. Por eso, construir un entorno afectuoso y contenedor es, también en la edad adulta, uno de los principales recursos para la prevención del suicidio. Ver también: Fortalecer nuestros Vínculos para Prevenir el Suicidio y Mejorar nuestras Relaciones para Prevenir el Suicidio.


La crisis de la mediana edad


Mucho se dijo sobre la crisis que sufren las personas de mediana edad, ¿a qué se debe?, ¿a qué edad ocurre?, o incluso, ¿si en realidad existe? Lo cierto es que muchas personas, en alguna etapa de su vida adulta, dicen sentirse frustradas o angustiadas al contrastar los proyectos o ilusiones adolescentes con sus propias realidades, o bien impotentes al ver que se les termina el tiempo para concretar sus metas. En la niñez, la adolescencia y la primera juventud todo es crecimiento. Se crece físicamente, en conocimientos, en experiencia y en capacidades. Se vive la ilusión de que si algo es inalcanzable hoy, tal vez no lo sea mañana; pero existe un momento de quiebre en el que nos damos cuenta de que muchas de nuestras capacidades no solo ya no aumentarán sino que hace tiempo entraron en declive. Este sentimiento de fondo puede generar una crisis frente a hechos aparentemente menores como un comentario poco feliz de alguien cercano, ver las primeras arrugas en el espejo, un cumpleaños con cambio de década, o bien superponerse con otra crisis situacional como un divorcio o el desempleo. Las circunstancias y los escenarios pueden ser muy diversos, pero la angustia originada por el simple paso del tiempo y sus consecuencias inevitables es algo que a todos los adultos en algún momento y con alguna intensidad nos llega. En algunos casos originando crisis emocionales profundas y pensamientos suicidas.


Por ese motivo la edad adulta requiere un replanteo profundo, un cambio de paradigma respecto a nuestros propósitos y nuestras metas que nos permita encontrar un sentido más auténtico y más profundo para nuestras vidas. Ver Reflexiones sobre el Sentido de la Vida en relación al Suicidio.


Crisis situacionales de la edad adulta


Las personas pueden experimentar crisis situacionales a cualquier edad, pero la carga de responsabilidad por las propias decisiones y, muchas veces, la falta de un entorno contenedor donde buscar apoyo, podrían hacer que las crisis situacionales de la edad adulta sean particularmente difíciles de transitar.

 
Todos hemos sufrido o sufriremos varias crisis situacionales a lo largo de nuestra vida adulta: problemas económicos, desempleo, rupturas sentimentales, traiciones, separaciones, destierro, accidentes, agresiones, enfermedades graves y muchas más. Por más precauciones que uno tome, es imposible evitar que algunas o varias de estas situaciones nos alcancen. La única respuesta posible frente a esta realidad es estar preparados: contar con los recursos internos y de nuestro entorno para transitar estas circunstancias sin recurrir a pensamientos suicidas. Ver Prevención Primaria de la Conducta Suicida.


Los proyectos en la edad adulta


Se supone que la madurez es la etapa más activa de nuestras vidas. Son años dedicados al trabajo, a construir una familia, a educar a los hijos y a afianzar las amistades. Pareciera imposible que un adulto maduro se quedara sin proyectos; sin embargo ocurre y con mucha frecuencia. No debemos confundir proyectos con responsabilidades. Las responsabilidades son las cosas que por cualquier motivo nos sentimos obligados a hacer; los proyectos, para que lo sean, deben involucrar el deseo. Son lo que nos proponemos hacer desde una motivación profunda. La vida adulta está llena de responsabilidades, nos acostumbramos a cumplir, con mandatos, con obligaciones, con exigencias, entramos en una vorágine de actividades rutinarias en las que el deseo suele quedar relegado. Finalmente nos acostumbramos a vivir así, nos transformamos en autómatas esclavos de nuestras responsabilidades y rara vez pensamos en lo que realmente queremos.

 
No es casual que muchos adultos sufran trastornos de ansiedad o depresión incluso varias veces a lo largo de su vida. Vivimos existencias regladas, limitadas por nuestras responsabilidades y por mandatos ajenos que asumimos como propósitos propios. Nuestro cuerpo y nuestra mente pagan el precio, algunas veces llegando al pensamiento suicida.

 
Vivir en una sociedad organizada requiere del cumplimiento de responsabilidades y mandatos, esto no está en discusión, pero nuestra naturaleza libre reclama espacios de expansión del deseo. Sigmund Freud ya advirtió sobre este dilema en El malestar de la cultura. La única forma de cumplir con la sociedad y con nuestra naturaleza primaria es encontrar un espacio de negociación, pero para ello es necesario un auténtico ejercicio de introspección para conocer lo que realmente queremos. No hablamos aquí de caprichos circunstanciales o deseos pasajeros. ¿Qué es lo que queremos como proyecto de vida? ¿La forma en que estamos viviendo nos satisface?, ¿nos motiva?, ¿hace que nos despertemos cada día con ilusión y entusiasmo? Si no es así deberíamos cambiar algo. ¿Qué es lo que deberíamos cambiar? Eso es más difícil de responder, debemos penetrar en nuestros deseos más profundos para saberlo. Muchas veces la terapia ayuda. Encontrar eso que nos moviliza puede no ser fácil, pero seguro vale la pena. La vida no debería ser un martirio sino una aventura apasionante. Solo nosotros, en nuestro ser más profundo, sabemos cómo transformarla.


La asistencia entre adultos


Como vimos antes, los adultos son el grupo etario que registra mayor número de suicidios consumados por lo que es presumible que también sean quienes necesiten asistencia con mayor frecuencia. Si bien muchos adultos acuden a servicios de ayuda profesional para transitar sus crisis emocionales, esto no siempre ocurre. Además, aún cuando la ayuda profesional exista, la contención comunitaria sigue siendo necesaria. Los adultos no somos tan autosuficientes como nuestro modelo cultural pretende mostrarnos, también necesitamos escucha, contención y acompañamiento. Sin embargo, para que la situación de asistencia ocurra es necesario que exista o se genere un vínculo de confianza mutua que no siempre se da. Los adultos solemos imponer barreras para proteger nuestra intimidad, nuestro orgullo o el rol de personas maduras que la sociedad nos asignó. Esas mismas barreras a veces nos privan de la ayuda necesaria. Como en otros casos, la pregunta “¿qué te está pasando?” nunca está demás; en el mejor de los casos puede ser el punto de partida para una verdadera asistencia, si no es así, al menos el otro sabrá que nos preocupa su situación y que él o ella nos importan.


Cuando la situación de asistencia ocurre, ya sea por iniciativa nuestra o por pedido de la otra persona, las recomendaciones generales indicadas antes son válidas. Ver Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas y La Escucha Activa en la Prevención del Suicidio. La particularidad podría ser que, a diferencia de la asistencia a niños o adolescentes, cuando un adulto asiste a otro no cuenta con un diferencial de experiencia que avale su discurso. No debemos olvidar que la principal finalidad de la asistencia a nivel comunitario no es aportar soluciones a los problemas concretos sino brindar escucha, contención y acompañamiento. Para hacerlo no necesitamos mayor experiencia que nuestro asistido. Aún cuando también se brinde alguna orientación, esta no debería adoptar la forma del consejo de alguien más sabio sino la de una reflexión conjunta. En realidad, una paridad que no supone jerarquías ni superioridad moral es el mejor escenario para una asistencia efectiva.


También puede sucedernos, cuando asistimos a un par, que los problemas que nos cuenta nos afecten en lo personal. Es más fácil entre personas del mismo grupo etario ponerse en el lugar del otro, pero esto también implica la consciencia de que lo que le pasa al otro bien podría sucederme a mi. Hay ocasiones en que asumir esto nos podría afectar a tal punto que nos haga pensar “si me pasara a mi no se si no pensaría también en el suicidio”. Sin embargo, esos pensamientos tampoco deberían afectar nuestra capacidad de asistir. No es nuestra tarea “convencer al otro” o evitar que piense en el suicidio, sino brindar escucha, contención y acompañamiento para que el asistido pueda hacer frente a sus propios problemas desde el convencimiento de que no está solo o sola.


Nuestra tarea de asistencia consiste en ayudar al otro a recuperar la confianza en sí mismo y en su capacidad para mejorar su situación. No debemos prometer soluciones milagrosas, pero sí alentarlo a realizar pequeñas mejoras en su estilo de vida. Muchos de los problemas que enfrentan las personas en su adultez no tienen soluciones inmediatas o bien no tienen solución, pero siempre se puede hacer algo para estar mejor, cambiando lo que se puede cambiar y aceptando lo que no. Este es un proceso muy personal, nuestra tarea desde la asistencia comunitaria no es forzarlo sino acompañar a la persona en su propio recorrido.

Ver también:

Prevención del Suicidio en la Infancia

Prevención del Suicidio Adolescente y Juvenil - Recursos

Prevención del Suicidio Adolescente y Juvenil - Asistencia

Prevención del Suicidio en la Tercera Edad

escenarios saludables