Prevención del suicidio en la Infancia
 

Prevención del suicidio en la Infancia

 

Sembrad en los niños buenas ideas, aunque no las entiendan; los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento y hacerlas florecer en su corazón.

 

María Montessori

 

La infancia es un período de profundos cambios que conllevan crisis emocionales igualmente profundas. Sin embargo, las cuestiones emocionales de la infancia suelen no recibir la atención que merecen porque se las relativiza como problemas pasajeros que, supuestamente, el crecimiento y la maduración deberían solucionar. Especialmente en relación a la prevención del suicidio, la infancia suele ser una edad poco atendida ya que las estadísticas muestran que el suicidio en esta etapa vital es poco frecuente. Lamentablemente, el cambio en el ritmo de la vida moderna que deja menos tiempo para dedicarle a los niños, sumado a un creciente nivel de exigencia que los padres estiman necesario como preparación para un mundo cada vez más competitivo, y a un crecimiento en la violencia y el acoso entre los propios niños (Bullying), entre otros factores, hacen que esto último esté dejando de ser cierto. Además hoy sabemos, en base a investigaciones epidemiológicas, que lo que suceda en la infancia afectará significativamente el riesgo de cometer suicidio durante todo el resto de la vida. Muchos Factores de Riesgo y Factores Protectores de la Conducta Suicida hacen referencia a habilidades y actitudes que se deberían aprender en la infancia.


Precisamente, desde la promoción de factores protectores y la prevención de factores de riesgo, como así también desde la transmisión de valores, habilidades sociales y actitudes frente a la vida, los padres, las madres, los docentes y otros adultos significativos cumplen un papel de privilegio en la prevención del suicidio; no solo en la infancia sino durante toda la vida futura de los niños y niñas. A estos temas, relativos a la educación, nos referimos específicamente en nuestra página Prevención Primaria de la Conducta Suicida. Aquí trataremos específicamente la asistencia a niños y niñas en situaciones de crisis, que es otra forma de prevención del suicidio en la que padres y docentes también tienen un rol destacado aunque no excluyente. Como en otras situaciones de asistencia, estar en el momento adecuado, en el lugar preciso y lograr establecer un vínculo de confianza mutua es lo que hace falta para iniciar la asistencia.


Entender el mundo de la infancia


La niñez es una etapa naturalmente llena de inseguridades; los niños y las niñas dependen de los mayores en muchos aspectos por lo que sus grandes angustias estarán relacionadas con sentimientos de abandono, desamparo o situaciones de riesgo, reales o imaginadas. En un mundo ideal, los niños y niñas deberían recibir escucha, contención y cuidados de sus madres, padres, docentes y otros adultos, pero sabemos que esto no siempre ocurre. Lamentablemente, muchos niños reciben falta de atención, malos tratos, violencia psicológica o física y hasta abusos sexuales en sus propios hogares; otros están expuestos a acoso escolar, la explotación, la miseria extrema u otras formas de violencia social. En este sentido es fundamental comprender que, si el riesgo de suicidio en la infancia es más bajo que a otras edades, esto no se debe a que el sufrimiento infantil sea menor o inexistente, sino a que a esas edades es más difícil imaginar la propia muerte como opción o escapatoria. Aún así, el suicidio en la infancia es cada vez más frecuente.


Resulta muy doloroso saber que el maltrato y la violencia en la infancia son particularmente difíciles de detectar e impedir. Los niños y las niñas que padecen violencia doméstica pueden no saber que eso está mal; normalmente aceptan la versión de sus victimarios por lo que se sienten culpables o avergonzados de su propia situación; también suelen desconfiar de otras personas y conservar lealtad hacia sus agresores porque, a pesar de todo, también son quienes les brindan cuidado.

 
Los niños y niñas que no reciben malos tratos en su hogar o en su escuela también sufren crisis emocionales. Particularmente son muy sensibles a los problemas familiares como discusiones conyugales, separaciones, problemas económicos o inseguridad laboral de sus padres. Muchos padres intentan mantenerlos al margen de estos problemas como una forma de protegerlos, pero los chicos son perceptivos, y ver a sus padres angustiados o preocupados sin saber la causa puede ser aún más perturbador.


Otros problemas que desde la óptica adulta pueden resultar casi insignificantes como la pérdida de un juguete, el rechazo de un grupo de amigos o una pelea entre hermanos, pueden ser causa de angustia profunda para un niño o una niña. No nos corresponde desde nuestra perspectiva adulta juzgar la gravedad o la importancia de los problemas infantiles, debemos atender sus emociones, invitarlos a hablar preguntándoles sobre sus sentimientos y tomarnos en serio lo que para ellos seguramente es serio. A partir de los pequeños problemas se establecen vínculos de confianza sólidos que seguramente serán de gran utilidad frente a futuras crisis. En algunos casos podremos aportar algún consejo o alguna solución concreta, en otros casos solo podremos brindar nuestra escucha y contención pero, de igual manera que sucede con los adultos, el hecho de sentirse escuchado y contenido puede hacer una gran diferencia. Esto se aplica muy especialmente a los casos más difíciles, cuando el niño o la niña no reciben escucha y contención en sus hogares sino que sufren todo tipo de agresiones. En ese contexto, para el niño o la niña, encontrar a una persona que genuinamente se preocupe por él o ella, aunque no pueda hacer mucho para mejorar su situación en lo concreto, puede mostrarle que existe otro mundo diferente al que conocía y construir un poderoso factor protector que le aporte esperanzas y le permita sobrellevar su situación actual.


Desafíos particulares de la asistencia de crisis en la infancia.


La asistencia a un niño o niña durante una crisis emocional no es muy diferente a la asistencia a cualquier otra persona. Lo que necesita es lo mismo que un adulto: ser escuchado, contenido en su dolor y acompañado en la reflexión sobre posibles alternativas de acción. Ver Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas. Nuestra mayor dificultad como adultos es el cambio de perspectiva para ver la situación desde la óptica del chico, adecuar el vocabulario y orientar desde los recursos reales a los que el niño o la niña puedan acceder.

 
Ya antes hablamos de la importancia de la escucha (Ver La escucha Activa en la Prevención del Suicidio), no solo como recurso para afianzar el vínculo sino también para entender la perspectiva del otro. Cuanto más alejada sea nuestra propia perspectiva de la que nos plantea o presenta la persona en crisis, mayores desafíos implicará la escucha. Por eso, siempre hay que darle mucha importancia a la angustia o la preocupación del niño o la niña, y nunca dejar de observar y validar su propio punto de vista.


¿Cómo preguntar sobre pensamientos suicidas a niños?


En la página Cómo Hablar sobre el tema del Suicidio ya indicamos que para prevenir el suicidio en la infancia no es necesario referirse al tema mientras este no aparezca, pero debemos estar preparados para hacerlo cuando sea necesario. Es decir, cuando el niño traiga el tema o tengamos indicios suficientes de que está pensando en provocar su propia muerte. Esta última posibilidad no debe ser desestimada. Aunque nos guste pensar que los niños no tienen pensamientos suicidas, el creciente número de suicidios en la infancia desmiente nuestras ilusiones.

 
Cuando asistimos a un niño o niña en medio de una crisis emocional profunda o prolongada, especialmente cuando se presentan otros signos como autolesiones, desinterés, aislamiento, enojos exagerados, actitudes violentas, etc. Nos encontramos frente a un dilema: Preguntar sobre el suicidio si él o ella aún no lo ha pensado podría perturbarlo más aún; no hacerlo si la idea ya da vueltas en su cabeza podría privarlo de una oportunidad para pedir ayuda. La única salida satisfactoria a este dilema es lograr que sea el niño o la niña y no nosotros quien ponga en palabras sus pensamientos ocultos. Para esto debemos ser pacientes, construir o afianzar un vínculo de confianza mutua, demostrarle que nos importa su persona y su situación. Todo esto puede lograrse desde la escucha activa. Ver: La Escucha activa en la Prevención del Suicidio


Debemos prestar atención muy especialmente a las expresiones ambiguas y a las metáforas. Cuando estas aparezcan seguir preguntando hasta que quede muy claro su significado. Por ejemplo: Si el niño dice: “ya no quiero estar en ningún lugar” podríamos preguntar: “¿En qué lugares no querés estar?”, “¿Por qué no te gustan esos lugares?”, “¿Qué pasó en esos lugares?”, “¿Hay alguien en particular con quien no quieras estar?”, “¿Qué querés decir cuando decís que no querés estar?”, “¿De qué forma podrías no estar en ningún lugar?”. La charla debe dirigirse con tacto, atendiendo a la emocionalidad del niño e intercalando frases tranquilizadoras como “De algún modo lo vamos a resolver”, pero nunca negando o minimizando los sentimientos del niño con frases pseudo-tranquilizadoras como “No es nada”. “Ya va a pasar” o "No llores". Si en algún momento el niño o la niña se muestran perturbados o se niegan a responder se puede cambiar de tema para luego volver a indagar sobre lo que les causa tanto dolor. No debemos abandonar o pasar por alto las expresiones ambiguas o poco claras que pudieran esconder sufrimiento emocional intenso, prolongado, o pensamientos suicidas; pero tampoco debemos introducir nosotros estas ideas. Nuestra tarea es abrir un espacio de hospitalidad y confianza mutua donde el niño o la niña se sientan escuchados y se animen a contar lo que les pasa.

La cuestión de la confidencialidad

Toda asistencia a una persona en crisis se basa en un vínculo de confianza mutua entre quien asiste y quien es asistido. Especialmente para las personas con pensamientos suicidas de cualquier edad, que suelen pensar que a nadie les importa lo que les pasa, sentirse traicionados en su confianza por quien supuestamente pretendía asistirlos puede representar otro golpe más. Sin embargo, los protocolos de las instituciones que trabajan con niños suelen obligar a los trabajadores a informar sobre situaciones que pudieran poner en riesgo la integridad de los menores. Más allá de la normativa que tiene una razón de ser, no informar estas situaciones de riesgo podría representar una carga excesiva para quien asiste y un riesgo mayor para quien es asistido sin tener acceso a todos los recursos disponibles en la institución. Esta situación plantea un nuevo dilema en la asistencia a menores en crisis o con pensamientos suicidas, sin embargo, tomando algunas precauciones es posible cumplir con la normativa y evitar que el niño o la niña se sientan traicionados en su confianza. Para ello debemos:

  • No prometer un nivel de confidencialidad que no vamos a poder sostener: por ejemplo, no intentar ganarnos la confianza del niño diciéndole “Podés hablar conmigo que no se lo contaré a nadie más”. 

  • Antes de informar a otras personas avisar al menor diciendo, por ejemplo: “Casi todo lo que hablamos va a quedar entre nosotros, pero va a ser necesario que de aviso de tal situación para que la institución te pueda ayudar. Cuidaremos de que nadie que no necesite saberlo se entere de lo que hablamos”.

  • Cuidar la confidencialidad hasta donde sea posible informando solo a quienes necesitan conocer la situación para movilizar ayuda.

Nunca será demasiado el tiempo y los recursos que le dediquemos a la infancia. Ellos son el futuro. Cuidar a nuestros niños y niñas también en su integridad emocional no solo es nuestra responsabilidad como adultos sino que es necesario para mejorar el mundo en que vivimos. Mejores infancias representan, sin duda, un futuro mejor y con menor riesgo de suicidio en todos los grupos etarios.

 

Ver también:

Prevención Primaria de la Conducta Suicida

Prevención del suicidio Adolescente y Juvenil - Recursos

Prevención del Suicidio Adolescente y Juvenil - Asistencia

escenarios saludables