Reflexiones sobre el Sentido de la Vida en relación al Pensamiento Suicida
 

Reflexiones sobre el Sentido de la Vida en relación al Pensamiento Suicida

Y cuando la noche está nublada,

 Aún hay una luz

Que brilla sobre mí,

Brillará hasta mañana,

Deja que así sea.

 

Paul McCartney

 

Cuando la vida parece no tener sentido

 

Cuando hablamos con personas que sufren pensamientos suicidas, una de las frases que más se repiten es “no le encuentro sentido a mi vida”. Si no lo dicen textualmente, este pensamiento se adivina en su actitud o en su discurso.

El sinsentido puede presentarse como una muralla para quienes intentamos llegar al otro y ayudarlo. Nos da ganas de decirle “pensá en todas las cosas buenas que tenés”, pero ya nos lo dijo: nada de eso tiene sentido para él o para ella. Nos da ganas de proponerle que busque ayuda, que haga un tratamiento, que al menos se levante de la cama, pero, ¿para qué?, ¿qué motivos tendría para hacer algo, quién no le encuentra sentido a su propia vida?

Nos damos cuenta entonces que el problema es mucho más profundo. Es como indicarle el camino a quién ya no quiere seguir adelante, por más claras y bienintencionadas que sean nuestras indicaciones, no conseguiremos que avance si no logra resolver su problema de base: el sentido de su vida.

 

¿Qué es el sentido de la vida?

 

Así como el sentido de la vida es la principal pregunta, preocupación y pensamiento para las personas que sufren pensamientos suicidas, para todos los demás pareciera no ser relevante, no está en nuestro pensamiento cotidiano. Podría decirse que el sentido de la vida es como el aire, solo notamos su presencia cuando falta. La comparación es válida porque, así como el aire, el sentido de la vida es un elemento vital.

Pero, ¿a qué llamamos “sentido de la vida”? En primer lugar deberíamos preguntarnos qué significa “sentido” en términos generales. ¿Cuándo, por ejemplo, una idea, una melodía o un texto tienen sentido? Decimos que estas cosas tienen sentido cuando conforman un todo armónico: la idea se entiende y se la puede relacionar con otras ideas, los acordes de la melodía suenan como un conjunto agradable, y las frases del texto se entrelazan expresando algo coherente. Nuestra mente está diseñada para buscar esa armonía o significación en todas nuestras percepciones. Cuando no la encontramos sentimos desagrado. Una idea incoherente, una melodía desafinada o un texto incomprensible. Notemos, sin embargo, que el sentido no depende solo de la cosa sino también, y fundamentalmente, de quien la percibe. La música de rock puede sonar como ruido desafinado para algunos oídos mientras que otros encontramos en ella armonía y belleza. Quienes sienten que la vida no tiene sentido la están viendo como una absurda sucesión de  acontecimientos sin propósito ni justificación. De poco serviría que alguien les explicara los propósitos y las justificaciones que se ven desde afuera: ellos no los ven.

En términos muy generales podríamos decir que el sentido de la vida es el sentimiento que nos dice: “Es bueno estar vivo”. Y nótese que al decir “es bueno estar vivo” no presuponemos que la vida que llevamos sea perfecta, que no esté llena de dificultades o incluso de sufrimiento. Por el contrario, afirmamos que, a pesar de todo, es bueno estar vivo. Para las personas que, por cualquier circunstancia, no pueden sentir esto, según sus propias palabras, “soportar la vida se hace muy difícil". Y esto nos lleva a otra cuestión que conecta la falta de sentido con el suicidio: el sufrimiento.

 

Cuando el sufrimiento se vuelve insoportable

 

Todos sufrimos de algún modo o en algún grado. Sin embargo, hay personas que, por las situaciones o las circunstancias que les toca vivir, tienen que soportar cuotas de sufrimiento particularmente altas. Un análisis muy simplificado nos llevaría a relacionar estos sufrimientos excepcionales con el suicidio, sin embargo, la experiencia nos dice otra cosa: muchas personas atraviesan situaciones terribles sin siquiera pensar en el suicidio mientras que otras, en las mismas condiciones, sí lo hacen.

El psiquiatra austríaco Viktor Frankl tuvo el triste privilegio de observar este fenómeno en primera persona cuando él mismo fue prisionero en un campo de exterminio nazi. Más allá de la trágica situación que le tocó vivir, lo que Frankl pudo ver es que aquellos prisioneros que conservaban una mínima esperanza, un proyecto o una razón para seguir adelante, fueron los que tuvieron mayores chances de sobrevivir; mientras que, los que cayeron en el desánimo y la desesperanza con frecuencia se dejaban morir o se suicidaban.

La conclusión que sacó de todo esto fue que no es el sufrimiento por sí mismo sino mediado por la falta de sentido lo que empuja a las personas a la muerte. Él mismo, a pesar de los rigores y la injusticia de su confinamiento, y de haber perdido a toda su familia, pudo sentir cómo la idea de contar al mundo sus hallazgos y ayudar a otros desde esta nueva mirada sobre la mente humana le otorgó un propósito, una justificación, un sentido a tanto sufrimiento y, de algún modo, lo mantuvo con vida.

A partir de esta experiencia, Frankl hizo propia la frase de Nietzsche: "Quien tiene un porque para vivir puede soportar casi cualquier como". En esta idea basó su escuela terapéutica que llamó logoterapia. “Logo” por “sentido”, es decir, la terapia de la búsqueda del sentido.

 

¿Cómo recuperar el sentido de la vida?

 

Viktor Frankl nos enseña que, a pesar de todas las situaciones, circunstancias o condiciones desfavorables que las personas tengan que afrontar, la voluntad de sentido es un principio universal que está siempre presente, incluso en los estados de mayor confusión o en las enfermedades mentales más profundas. Por eso, Frankl ubica a la voluntad de sentido en un estrato diferente a lo psíquico, en una dimensión espiritual. Dicho de otro modo, todos, y en todas las circunstancias, tenemos el anhelo de encontrarle sentido a nuestra existencia. Sin embargo, con demasiada frecuencia, esta voluntad de sentido se ve frustrada y el individuo cae en un vacío existencial.

Las manifestaciones son variadas: algunos se muestran deprimidos o apáticos, otros, por el contrario, intentan llenar este vacío con más trabajo, más actividades, más poder, dinero, lujo, diversión, comida o sexo. Aunque pronto descubren que ese vacío no puede llenarse, al menos no de ese modo. Tanto unos como otros comienzan a valorar cada vez menos su propia vida, descuidan su salud, asumen riesgos innecesarios, algunos caen en el consumo de drogas o en otros hábitos insanos y muy a menudo llegan a pensar en el suicidio. En todos los casos, la confianza en que la voluntad de sentido permanece intacta y que es posible recuperar las ganas de vivir es el primer paso para la recuperación.

Poder mirar hacia adelante sabiendo que hay un camino, es solo un primer paso. Pero un primer paso fundamental. Sin esta confianza inicial avanzar se hace muy difícil. Nótese que no se nos pide sentir algo diferente a lo que ahora mismo estamos sintiendo, solo confiar en que los sentimientos son, por su naturaleza, transitorios; y que haciendo algunos cambios en nuestra vida o en la percepción que tenemos del mundo, las cosas pueden cambiar y podremos sentir nuevamente que es bueno estar vivo.

 

El trabajo desde ese punto suele ser arduo y prolongado, pero recuperar el sentido y las ganas de vivir es posible. En la página El camino de la Recuperación desde el Pensamiento Suicida te contamos más.

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