Prevención del Suicidio en la Tercera Edad
 

Prevención del Suicidio en Adultos

 

El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.

 

André Maurois


La tercera edad (más de 64 años) es el grupo etario con mayores tasas de suicidio después de la adolescencia. La muerte a causa de suicidio de cualquier adulto mayor representa una tragedia, no solo por la pérdida prematura de una vida humana, sino también por el trauma que genera en sus familiares y amigos. Ver Sentimientos propios del Duelo por Suicidio.


El final de la vida activa, la declinación física, las enfermedades crónicas, las situaciones de aislamiento y desamparo son muy frecuentes en la tercera edad. En esta etapa también se acumulan los duelos por la pérdida de amigos de toda la vida o familiares. Sostener proyectos o propósitos que nos permitan encontrarle un sentido al diario vivir, e incluso adaptarse a los cambios vertiginosos del mundo moderno, se hace cada vez más difícil. No es extraño que muchos ancianos vivan angustiados, caigan en depresión o sufran pensamientos suicidas.

 
Como adultos activos, nuestra responsabilidad es procurarles una vida tranquila y segura a quienes nos precedieron. Eso incluye, no solo satisfacer sus necesidades materiales, sino también asegurarles la escucha, la contención, el apoyo y el afecto que necesitan. Es importante ayudar a los adultos mayores a recomponer la relación con su familia, reinterpretar su propia historia valorando sus logros y conectarse con proyectos, actividades placenteras y relaciones sociales. La tercera edad también puede ser un lugar de profunda satisfacción para quienes pueden reconocer lo que le toca vivir como una etapa nueva, con déficits en algunas capacidades pero con la sabiduría y la experiencia que solo dan los años. 


El entorno social en la tercera edad


Muchos adultos mayores disfrutan de la presencia, el afecto y los cuidados de familias atentas y numerosas, pero, en general, la tercera edad es una etapa de fuerte deterioro en las relaciones sociales. A veces un deterioro alarmante por los efectos psicológicos en quienes lo padecen. A algunos adultos mayores les cuesta hacer nuevas amistades y en algún momento se dan cuenta de que sus viejos amigos no están disponibles: algunos de ellos ya no están, otros se ven limitados por alguna enfermedad o están internados en instituciones, otros más se alejaron debido a discusiones o diferencias, incluso familiares cercanos pueden ya no verse por conflictos no resueltos. El deterioro social puede ser mayor aún para los adultos mayores internados en instituciones. 


En todos los casos debemos entender que las relaciones sociales no son un opcional para los seres humanos sino una necesidad básica. Las personas que por cualquier motivo se encuentran privadas del contacto social se angustian, se deprimen y pueden padecer pensamientos suicidas. También en la tercera edad, mejorar el entorno social es una de las medidas más efectivas para prevenir el suicidio.


Los familiares con adultos mayores a cargo debe aceptar que brindar escucha, compañía, contención y apoyo es parte de la responsabilidad en el cuidado, tanto como satisfacer las necesidades materiales. Cuando existan viejos rencores o cuentas pendientes que dificulten este acercamiento, sería muy bueno para ambas partes dejarlas a un lado u olvidarlas. Nuestros seres queridos mayores no nos acompañarán por mucho tiempo más, no deberíamos perder esos años preciosos en alimentar viejos rencores, en su lugar podríamos recordar todo lo bueno que esas personas representaron en nuestras vidas. Si nos acercamos a nuestros adultos mayores y los incluimos en nuestras vidas descubriremos que el beneficio es mutuo. Una buena relación de los familiares más jóvenes con los adultos mayores ayudará a ambas partes a resignificar sus vidas desde el sentimiento de pertenencia a la familia.


Además de la familia, como todas las personas, los adultos mayores necesitan otras relaciones sociales. El final de la vida activa, y a veces el temor o el desgano de los propios adultos mayores debidos a malas experiencias del pasado o estados de ánimo alterados por situaciones o enfermedades, hacen que muchos adultos mayores se aíslen. También puede suceder a otras edades, pero las actividades “obligatorias” aseguran a los adultos en actividad y a los adolescentes un trato social mínimo. Esto no siempre ocurre en la tercera edad; por eso, comprometerse en actividades adecuadas para cada edad o condición de salud siempre es recomendable.


El proyecto de vida en la tercera edad


Además del deterioro de las relaciones sociales, la pérdida de proyectos de vida representa uno de los riesgos más importantes de la tercera edad en relación al suicidio. Cuando somos niños o adolescentes es más fácil pensar en el futuro, incluso con metas a largo plazo; cuando somos adultos, aunque esa sensación de crecimiento permanente vaya disminuyendo a medida que pasa el tiempo, aún nos quedan las responsabilidades del diario vivir que nos imponen metas de más corto plazo como ahorrar para las vacaciones o procurarnos un ascenso en el trabajo. Los proyectos nos acompañan durante toda nuestra vida. Cuando no están, o no logramos conectarnos con ellos, sobreviene la depresión y pueden aparecer pensamientos suicidas. Esto es especialmente importante en la tercera edad ya que la merma en la actividad, el deterioro social y en muchos casos las limitaciones impuestas por enfermedades hacen que proyectar se vuelva más difícil.


Así como la falta de proyectos lleva a la depresión, también es cierto que la depresión hace que sea más difícil conectarse con los proyectos. Cuando estamos deprimidos sentimos que nada nos motiva y nada nos entusiasma. Por eso es tan importante cortar ese círculo vicioso lo antes posible. Procurarnos al menos algunas actividades diarias; especialmente aquellas que implican relaciones sociales como por ejemplo asistir regularmente a un club, un taller o un curso. Debemos buscar en estas actividades elementos que nos entusiasmen y que nos motiven a seguir.


Los grupos de pertenencia en la tercera edad


Como vemos, relacionarse con otras personas y tener proyectos son condiciones necesarias para sostener las ganas de vivir en la tercera edad y para enfrentar de la mejor manera posible, sin caer en el desánimo o en pensamientos suicidas, los problemas que, como ya sabemos, la vida no dejará de traernos. Pertenecer a uno o varios grupos es la mejor manera de asegurar ambos.


Pertenecer es mucho más que estar. Se pertenece a un club, a una organización barrial, a una asociación civil, a una familia, o incluso a un grupo de amigos, cuando uno se involucra en sus proyectos. Pertenecer implica un cambio interno en nuestra perspectiva del mundo y de la vida. Cuando pertenecemos dejan de preocuparnos tanto nuestros problemas y nuestros pesares y surge el interés superior del grupo. También nos interesamos más en el bienestar de nuestros compañeros y los vínculos afectivos se afianzan. Necesariamente nos obligamos a aceptar las diferencias y a practicar la tolerancia. El otro es diferente, no cabe duda, pero nos une un proyecto común. Los proyectos de largo plazo que son tan difíciles de generar en la tercera edad surgen naturalmente en los grupos de pertenencia.


Pertenecer a un grupo no es sencillo, especialmente en un mundo cada vez más individualista y en el que las relaciones sociales se vuelven más efímeras. Cuando decidimos pertenecer realmente a cualquier grupo debemos hacer un esfuerzo de disciplina, tolerancia y entrega. Sin embargo, los beneficios de pertenecer son inmensos, es lo que realmente nos conecta con el verdadero sentido de la vida, especialmente en la tercera edad cuando los fuegos artificiales de una vida ajetreada comienzan a alejarse.


Valorar la propia historia en la tercera edad


Por más que se hable de la importancia de vivir en el aquí y ahora, la realidad es que la mente de todas las personas deambula permanentemente entre los recuerdos del pasado, las exigencias del presente y los proyectos de futuro. Para las personas que transitan la tercera edad, los recuerdos se vuelven especialmente importantes. Para algunos, el pasado es un lugar de ensueño al que siempre es grato volver; pero para muchos otros los resentimientos por agravios recibidos, la frustración por los proyectos inconclusos,  la culpa por los errores cometidos, o simplemente la añoranza de momentos que no volverán a repetirse o de seres queridos que ya no están, suelen teñir al pasado pasado de un sabor amargo que los acompaña en su diario vivir. De hecho, en ocasiones, el pasado puede ser tan doloroso que se vuelve insoportable. Vivir día tras día con un pasado así y sin proyectos de futuro se hace difícil por lo que estas personas son presa fácil de la angustia, la depresión y los pensamientos suicidas.


A medida que pasan los años solemos pasar más tiempo recordando el pasado. Por eso, si aún no nos reconciliamos con nuestra historia, la tercera edad es un tiempo propicio para hacerlo. Las claves son: perdonar, perdonarse y agradecer. Perdonar a los que nos agraviaron en el convencimiento de que todos somos humanos y podemos equivocarnos, e incluso sostener nuestros errores por un tiempo indefinido.

 

Perdonarnos a nosotros mismos aceptando que hicimos en cada momento lo mejor que pudimos o supimos hacer, y que si ahora lo hubiéramos hecho mejor  solo es porque aprendimos. Y agradecer todos los dones grandes o pequeños que nos dio la vida y a todas las personas que nos acompañaron aunque solo fuera en un tramo del camino. Aún cuando muchos de esos dones y esas personas ya no estén por diferentes motivos, nadie nos puede expulsar de nuestro pasado.


Desde esta nueva perspectiva podemos volver a contar nuestra propia historia, la misma historia pero con un sabor diferente. Siendo más compasivos y más indulgentes con nosotros mismos y con los demás; agradeciendo cada momento vivido, los buenos momentos porque nos ayudaron a valorar la vida, y los malos porque nos permitieron aprender y convertirnos en las personas que hoy somos, con más años, pero también con más sabiduría.


Valorar nuestra historia es otra forma de valorarnos a nosotros mismos, de aceptar lo que somos, cómo somos y querernos.

Aquellos ancianos que de algún modo logran alcanzar esa sabiduría que les permite perdonarse y perdonar, valorarse y valorar a otros, cuidar las relaciones, afianzar el sentido de pertenencia y abrazar proyectos grandiosos que trascienden su propia existencia, seguramente, vivirán sus últimos años razonablemente felices a pesar de los achaques de la edad y sin recurrir a pensamientos suicidas.

Ver también:

Prevención del Suicidio en la Infancia

Prevención del Suicidio Adolescente y Juvenil - Recursos

Prevención del Suicidio Adolescente y Juvenil - Asistencia

Prevención del Suicidio en la Tercera Edad

escenarios saludables