Teorías Modernas Sobre el Suicidio
 

Teorías Modernas Sobre el Suicidio

 

Somos solo una raza de primates en un planeta menor de una estrella mediana,

pero podemos entender el Universo y eso nos hace muy especiales.

Stephen Hawking

Fundamentos Teóricos de la Conducta Suicida

 

Las Teorías Clásicas de la Sociología y la Psicología sobre el Suicidio nos ayudan a comprender este comportamiento como un fenómeno social, cognitivo y emocional con fuerte raigambre en el subconsciente y del todo compatible con las observaciones clínicas descriptas en El Proceso Suicida o con las conclusiones estadísticas que aportan los Factores Protectores y de Riesgo de la Conducta Suicida. Sin embargo, no explican satisfactoriamente cómo se cruza ese último límite en que la persona decide atentar contra su propia vida. Tal vez nunca se encuentre una explicación del todo satisfactoria, pero nuevas teorías siguen intentando echar luz sobre este tema al tiempo que aportan más pautas para la prevención.

Teoría interpersonal del pensamiento suicida

El psicólogo estadounidense Thomas Joiner postula una mirada distinta sobre el tema. Indica que para que se produzca una muerte por suicidio, hacen falta dos prerrequisitos necesarios, aunque no suficientes: que la persona quiera hacerlo y que pueda hacerlo. Joiner estudia estos dos aspectos como procesos separados que se juntan en el acto suicida.

Con respecto al deseo de morir, Joiner nos dice que es más bien el deseo de no continuar con una vida a la que se juzga como inútil y sin sentido. Se juntan aquí dos sentimientos que son a su vez realimentados por pensamientos automáticos: el sentimiento de aislamiento emocional que se podría traducir como: “A nadie le importa lo que me está pasando” o “Nadie puede entender mi dolor”; y el sentimiento de carga que podríamos expresar como: “Los demás van a estar mejor sin mi” o “Mi vida solo sirve para complicar la de los otros”. Ver también Reflexiones sobre el Sentido de la Vida en relación al Pensamiento Suicida.

Este tipo de pensamientos y sentimientos son muy frecuentes, muchas personas los albergan durante años sin recurrir nunca al suicidio porque existe otra barrera psicológica que lo impide. Estas personas nos dicen: “No lo hago porque soy cobarde”, “Si pudiera hacerlo sin sufrir...”, o bien, “No puedo hacerlo porque soy cristiano”. Nuestro instinto de supervivencia actúa de diferentes formas para protegernos. Sin embargo, las personas que albergan pensamientos de muerte pueden ir familiarizándose con la idea e incluso realizando intentos de prueba hasta que finalmente adquieren la capacidad para suicidarse. Este último proceso se ve facilitado en personas que por su profesión o costumbres ya están habituados a manejar medios letales, como fuerzas de seguridad, trabajadores rurales y aficionados a las armas.

La teoría de Joiner nos permite entender mejor los Factores de Riesgo y ver que algunos de ellos se relacionan con la evolución del deseo suicida, y otros con la adquisición de la capacidad suicida. También nos ilustra sobre el carácter interpersonal del desarrollo del pensamiento suicida, ya que los sentimientos de soledad emocional y de inutilidad siempre son en relación al grupo. Ver Prevención Comunitaria del Suicidio. Esta es una enseñanza fundamental a efectos de la prevención porque pone el foco en el carácter de fenómeno social que tiene el suicidio. Así, prevenir el suicidio desde esta perspectiva se basa principalmente en evitar el aislamiento y resignificar la vida en relación a los otros.

“Una persona normal no puede hacerlo [cometer suicidio] a no ser que venza su miedo a la muerte, y esa es la conducta que los suicidas aprenden.”

 

Thomas Joiner, psicólogo estadounidense.

Teorías evolucionistas del comportamiento suicida

La pregunta que buscan resolver todas estas teorías es: ¿por qué algunas personas se suicidan? Denys De Catanzaro, Profesor Emérito de Psicología, Neurociencia y Comportamiento en McMaster University de Canadá, se hizo una pregunta más inquietante: ¿Cómo es que tenemos la capacidad de suicidarnos? Se supone que la evolución biológica seleccionó mecanismos para promover la supervivencia de los individuos. ¿Entonces, cómo se entiende que la selección natural no haya eliminado la posibilidad de suicidarse?

La respuesta que encuentra De Catanzaro es que la posibilidad del suicidio de algunos individuos pudo haber representado una ventaja evolutiva en grupos humanos primitivos. No es difícil imaginarse que en situaciones en que el medio ambiente determinaba condiciones extremas de supervivencia, algunos individuos pudieran representar una carga insostenible o peligrosa para el conjunto. Los sentimientos de aislamiento social e inutilidad podrían entonces estar justificados en términos evolucionistas.

Para De Catanzaro, la posibilidad humana de atentar contra la propia vida sería un resabio de aquellos tiempos primitivos en que representaba una ventaja para la supervivencia del grupo. Y, aunque las circunstancias de la vida moderna son muy diferentes, las sociedades se han vuelto más complejas y las condiciones de vida más seguras, nuestro cerebro emocional prácticamente no ha cambiado. El suicidio no implica hoy ninguna ventaja en cuanto a la supervivencia de los grupos humanos, pero es una capacidad que nuestros genes conservan. Esta interpretación se conoce como Teoría altruista del suicidio y es congruente con el sentimiento de inutilidad o carga que manifiestan muchas personas con pensamientos suicidas.

La teoría de De Catanzaro tiene el mérito de analizar la posibilidad humana del suicidio como un proceso natural, y no ya como una anomalía o un error en nuestra constitución. Esta perspectiva condice con el carácter universal del fenómeno que se verifica en todas las culturas y en todos los tiempos. Y, además, les quita a las personas que padecen pensamientos suicidas el estigma de que algo “anda mal” en ellos y nos invita a todos a reflexionar sobre aspectos de nuestra naturaleza que a veces nos cuesta reconocer. Las personas con pensamientos suicidas no son diferentes a nosotros, las guían las mismas ansias de justicia y bien común, lo que sucede es que están sumidas en sentimientos de aislamiento e inutilidad, tal vez inadecuados o inconvenientes, pero perfectamente lógicos desde nuestra emotividad más primitiva.

¿Por qué es interesante este análisis propuesto por De Catanzaro? Porque aceptar el suicidio como un resabio remanente de nuestra naturaleza más primitiva, implica aceptar que podemos cambiarlo. Después de todo, somos seres civilizados. Es la civilización la que nos permite vivir en comunidades con niveles de violencia muy inferiores a los que mostraron nuestros antepasados primitivos. No hay dudas de que hemos aprendido a tratar al otro con más amabilidad, cortesía y respeto; del mismo modo podemos aprender a tratarnos mejor a nosotros mismos: solo es cuestión de enseñar y practicar esta nueva civilidad.

“La selección natural no producirá nunca una estructura que resulte más perjudicial que beneficiosa, pues actúa exclusivamente por y para el bien de cada ser.”

 

Charles Darwin, naturalista inglés (1809-1882)

 

Otras interpretaciones evolucionistas

En realidad, la idea del suicidio “altruista”, ya había sido esbozada por Émile Durkheim como uno de los tipos sociológicos del suicidio que aparece cuando el individuo siente que el grupo estará mejor sin él. De Catanzaro extiende esta causalidad altruista del suicidio a todos los casos, sea que el individuo tome cuenta de ello o no, ya que la posibilidad humana de suicidarse estaría justificada evolutivamente por las mayores probabilidades de supervivencia del grupo. Thomas Joiner va más lejos y compara al suicidio humano con el de las abejas eusociales que provocan su propia muerte al aguijonear a un agresor de la colmena.

Ciertamente, no somos abejas ni tampoco resulta claro que el suicidio humano haya sido ventajoso para los grupos, ni siquiera en las condiciones más primitivas. Por tal motivo, el psicoterapeuta inglés C. A. Soper propuso una teoría alternativa: El suicidio no sería un producto de la evolución per se sino un subproducto en el desarrollo de otras adaptaciones que sí brindan ventajas evolutivas evidentes. Esas adaptaciones serían dos: la aversión al dolor, tan primitiva que se extiende a todo el reino animal; y las capacidades cognitivas superiores que son propias de nuestra especie. Ambas son sin dudas ventajas evolutivas, pero juntas pueden dar lugar a la capacidad de suicidarse como subproducto desventajoso.

 

Un individuo que estuviera sufriendo un fuerte dolor físico o emocional y tuviera una capacidad cognitiva suficientemente desarrollada para imaginar su propia muerte y considerarla como una escapatoria válida a su sufrimiento, estaría facultado para suicidarse. Esta facultad no sería una adaptación naturalmente seleccionada, sino la consecuencia lógica de unir su aversión al dolor y su capacidad cognitiva superior. No debe confundirse esta actitud con la inmolación de las abejas al defender su colmena, ya que en este caso el comportamiento representa claramente una ventaja evolutiva para la supervivencia del conjunto. La abeja no “decide” su muerte, su condición evolutiva la hace actuar de ese modo.

La teoría de Soper explicaría por qué el suicidio es menos frecuente en niños menores de 15 años que aún no desarrollaron completamente su capacidad cognitiva, y se corresponde con lo que se observa al entrevistar a personas con ideación suicida. Si hay dos factores comunes a todas estas entrevistas, casi sin excepciones, son: la manifestación del sufrimiento emocional y la idea de la propia muerte como una posibilidad de escapatoria. Sin embargo, los sentimientos de inutilidad y sinsentido que describen De Catanzaro y Joiner también son frecuentes y aparentemente hasta necesarios para que el pensamiento suicida progrese. Así, pareciera que la capacidad para soportar el sufrimiento se incrementa notablemente cuando existe un motivo o una causa por la que seguir luchando.

Esto nos hace pensar que los caminos de la evolución tal vez sean más complejos de lo que a simple vista podemos ver. Ambas teorías (la de Soper y la de De Catanzaro) quizás estén en lo cierto. El suicidio sería una forma sofisticada de escapar al sufrimiento a la que solo se accede desde una capacidad cognitiva superior, pero que, a su vez, se ve habilitada por un sentimiento de inutilidad o falta de propósito en relación a los grupos de pertenencia.

Todas estas teorías sobre el suicidio no necesariamente son excluyentes entre sí. Antes bien, representan distintos puntos de vista desde donde mirar un mismo fenómeno, Lo importante es que todas ellas nos aportan pistas para conocer mejor a las personas con pensamientos suicidas, entender cómo llegaron a tal estado y actuar con más eficiencia en la prevención. Claro que todo esto solo será útil si no olvidamos que cada ser humano es único, y así debe ser percibido. Las teorías nunca podrán representar fielmente todas las vicisitudes de una vida real, pero, sin dudas, nos ayudan a la hora de entender el comportamiento suicida a los fines de su prevención.

 

El suicidio debe entenderse como un producto exclusivo de un cerebro humano maduro y saludablemente desarrollado.

 

C. A. Soper, psicoterapeuta inglés.

escenarios saludables