Puentes en la Comunicación para la Prevención del Suicidio
 

Puentes en la Comunicación para la Prevención del Suicidio

 

Hay acciones que producen acercamiento y confianza, ayudando a construir el espacio hospitalario donde la asistencia a personas en crisis o con pensamientos suicidas es posible.

Mostrar un tono de voz y un gesto amable

Nuestro semblante y nuestro tono de voz son lo primero que percibe quien solicita nuestra asistencia. Muchas veces lo hace rodeado de inseguridad y desesperanza. Es lógico que no sepa si hablar con nosotros será de alguna ayuda para resolver sus problemas, por lo que de sus primeras impresiones dependerá si decide seguir adelante.

Nuestro tono debe ser claro y animado, pero a su vez suave y contenedor; debemos compenetrarnos en lo que nuestro interlocutor cuenta para que nuestra expresión gestual se adapte naturalmente al relato y refleje las emociones que sentimos. Tanto nuestro tono como el ritmo de nuestro discurso deberían estar acompasados con el tono y el ritmo de la persona que solicita asistencia para que esta se sienta acompañada. Controlar el tono de voz y la gestualidad no es fácil, por lo que la mejor forma de hacerlo es asumir una actitud de servicio y sensibilizarnos realmente con el drama que está viviendo el otro.

Incluir frases que inspiren contención y seguridad

 

La forma más segura para que el otro sepa que estamos disponibles para escucharlo, que nos importa él y su situación, y que está en un espacio seguro donde podrá contar con libertad lo que le pasa y lo que siente, es decírselo. Generalmente es suficiente usar frases de invitación al diálogo como: “¿Querés contarme lo que te está pasando? O: “Te escucho”, pero cuando el otro deja entrever sus dudas sobre la confidencialidad, sobre si será juzgado por lo que diga o sobre perjuicios que pudieran acarrear sus confesiones es mejor tomarse unos minutos para aclarar la cuestión. Sin embargo, como la confianza mutua es la base de la relación de asistencia, debemos cuidarnos de no prometer cosas que no podremos cumplir.

Usar el nombre

Una persona en crisis emocional puede sentirse incapaz de resolver sus problemas, ver reducida su autoestima o perder la consciencia de su propia importancia. Escuchar el propio nombre es siempre un reconocimiento de presencia que en estos casos puede ser reconfortante, además de ser un llamado a la responsabilidad del sujeto en la toma de decisiones y en la acción. No es lo mismo decir: “¿Por qué pensás eso?” que: “Juan Carlos, ¿por qué pensás eso?”. Como todo recurso debe usarse con moderación para que tenga más efecto, pero no debemos olvidar usarlo cuando sea necesario. Especialmente en las invitaciones a la reflexión puede ser de gran utilidad como, por ejemplo: “Juan Carlos, ¿no te parece que estás siendo muy duro con vos mismo?”.

Empatizar

En términos generales decimos que para establecer un vínculo de confianza debemos ser empáticos. La empatía se define como la capacidad para reflejar las emociones del otro. Es decir, es un camino de doble vía: uno toma nota de lo que está sintiendo el otro, pero además le envía alguna señal para que el otro sepa que su emocionalidad está siendo comprendida. Esto puede hacerse desde la palabra con frases como: “Debe ser terrible lo que te está pasando”, o bien: “Me imagino cómo te debes estar sintiendo”. Sin embargo, la mayor parte del lenguaje emocional es no verbal e incluso es inconsciente. No se trata de interpretar un papel, ya que no hay dudas de que la forma más segura de generar empatía en la comunicación es la genuina preocupación por el otro, su situación y sus sentimientos.

Respetar los silencios

El silencio es una forma de expresión. Con su silencio el otro puede estar diciéndonos que le resulta difícil continuar, por lo tanto, darle el tiempo que necesita para acomodar su discurso es parte de la hospitalidad que requiere la asistencia. También nosotros podemos quedar en silencio al ser impactados por una declaración del otro o simplemente porque no sabemos cómo continuar y necesitamos pensar. En estos casos es preferible explicar de alguna manera lo que está pasando para que el otro no piense que no le estamos prestando atención. Podemos decir, por ejemplo: “¡Es terrible lo que me estás contando!, me quedé sin palabras”. O bien: “Estoy un poco confundido, ¿podemos resumir lo que me estás contando?

Validar las expresiones no verbales

Cuando el otro deja traslucir sus emociones es porque ha bajado sus defensas y necesita de algún modo ser abrazado con nuestras palabras. Ante una expresión de angustia podríamos decir:“te escucho angustiado, y no es para menos, es muy triste lo que me estás contando” o bien “entiendo lo angustiante que debe ser todo esto para vos”. A veces nos resulta difícil encontrar las palabras justas ante el desborde emocional de otra persona; pero no es necesario decir alguna frase exacta, lo más importante es no pasar por alto estas expresiones.

Validar las emociones y los sentimientos del otro

Hay un temor común entre las personas que solicitan asistencia y es ser juzgadas. Posiblemente porque ya se sintieron juzgadas antes, porque ellas mismas son sus más severos jueces o porque creen que su sufrimiento es tan único que nadie podría comprenderlas. Sea como fuera, el temor siempre existe y constituye una de las barreras más fuertes en la comunicación. En algunos casos, cuando expresan este temor con frases como: “Me da vergüenza” o: “No me animo a contarlo”, podemos tomarnos el tiempo necesario para aclarar que no será juzgado. Pero, por supuesto, siempre es más efectivo demostrarlo que decirlo.

Validar no significa justificar ni aprobar sino simplemente darle valor de realidad a lo que escuchamos. Darle valor de realidad es aceptar lo que se nos cuenta señalándolo con frases como: “Entiendo que estés enojado”, “Es natural que te sientas así” o “Nadie tiene derecho a cuestionar lo que vos sentís”. Luego habrá tiempo para reflexionar sobre posibles respuestas alternativas frente a determinadas situaciones, pero lo primero que necesita quien nos cuenta algo que podría avergonzarlo es sentirse aceptado.

Valorar las fortalezas y virtudes de quien solicita ayuda

Otro sentimiento común entre las personas que solicitan asistencia es la poca valoración de sí mismas. Encontrarse además en una situación de estar teniendo que pedir ayuda puede agravar ese sentimiento. Quien pide ayuda necesita que se valore algo en su vida, y realmente todas las personas tienen aspectos que merecen ser valorados. No nos referimos aquí al elogio fácil y artificial que puede incluso jugar en contra, como por ejemplo decirle a alguien preocupado por su sobrepeso: “Te ves muy bien”. La valoración positiva para que sea efectiva debe ser sincera y creíble, basada en el relato del otro y en los hechos observables o evidentes. Una de las cosas que podemos valorar siempre es el hecho de que haya decidido pedir ayuda.

Otro ejemplo: si una persona deja un trabajo donde no se sentía a gusto, podemos valorar su coraje, pero si por el contrario decide seguir en ese trabajo para asegurar el ingreso familiar, podemos valorar su entrega y compromiso. En ninguno de los dos casos aprobamos o desaprobamos ni una acción ni la otra, solo destacamos sus fortalezas. Luego habrá tiempo para reflexionar juntos sobre las posibles alternativas, pero sentirse sinceramente valorado es un regalo para una persona en crisis y contribuye mucho a afianzar el vínculo y mejorar la comunicación.

Direccionar hacia el dolor

Es común que la persona que pide asistencia se resista o eluda hablar de aquellos temas que más dolor le causan. Pero también es frecuente que quien ofrece ayuda, evite estos temas por pudor, por miedo a lastimar o para preservarse a sí mismo de la angustia que podría causarle la expresión de dolor en el otro. Sin embargo, hablar de estos asuntos es necesario para que el otro pueda comenzar a elaborarlos, para que quien lo ayuda pueda entenderlo y para fortalecer la relación entre ambos. No debemos dejar huecos oscuros o ambiguos en el discurso porque en ellos puede esconderse un dolor más profundo. Por este motivo, es bueno invitar a continuar hablando con preguntas abiertas cuando estos temas aparecen hasta que la cuestión quede clara y el otro haya dicho todo lo que necesita decir, respetando la libertad del otro para hablar de lo quiere o puede. Ante la negativa a hablar de determinado tema, a veces es productivo dejarlo de lado y volver a preguntar cuando el vínculo de confianza se haya afianzado más.

Ver también:

Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas

La Escucha Activa en la Prevención del Suicidio

Principios de Comunicación en la Prevención del Suicidio

Barreras en la Comunicación para la Prevención del Suicidio

escenarios saludables