Conducta Suicida: Señales de Advertencia Más Evidentes
 

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En la página Conducta Suicida - Señales de Advertencia Más Sutiles nos referimos a conductas, muchas veces difíciles de interpretar, que podrían o no indicar la presencia de pensamiento suicida. Estar presentes, observar, mantener abiertos canales de diálogo, reafirmar vínculos de confianza mutua y, sobre todo, no pasar por alto estas señales sutiles, es esencial para prevenir el suicidio en estos casos en que el pensamiento suicida no se muestra claramente. Sin embargo, por llamativo que resulte, muchas veces, señales mucho más claras son ignoradas. Por este motivo es necesario recordarlas y saber cómo reaccionar cuando aparecen.

 

Intento de suicidio

 

Es llamativa la cantidad de intentos de suicidio que no resultan letales. En base a los datos de que disponemos se estima que son más de veinte intentos por cada suicidio consumado (en realidad podrían ser bastante más ya que muchos intentos de suicidio no se denuncian). Resulta lógico que esto sea así ya que el pensamiento suicida es ambivalente y pareciera seguir siéndolo hasta el último momento. Quién decide suicidarse evidentemente quiere morir, pero al mismo tiempo algo en él quiere vivir. En función de esto los intentos de suicidio que no llegan a consumarse han sido interpretados de dos formas diferentes.

 

  1. Son una forma desesperada de pedir ayuda.

  2. Son ensayos previos para familiarizarse con la muerte y volver a intentarlo en forma más letal.

 

Ambas interpretaciones tienen algo de verdad. Por eso debemos saber que un intento de suicidio no consumado nunca debe interpretarse como que “el peligro ya pasó”. Por el contrario, las estadísticas nos dicen que un intento previo aumenta notoriamente las probabilidades de que exista un nuevo intento, casi siempre más peligroso que el anterior. 

 

Otra manera engañosa de tranquilizarnos a nosotros mismos negando la gravedad de un intento de suicidio es pensar: “lo hizo solo para llamar la atención”, o bien: “solo lo hace para manipular”. Ambas actitudes son humanas por lo que es muy probable que muchos intentos de suicidio incluyan la intención, consciente o no, de llamar la atención o manipular a otros. Esto no les quita peligrosidad. Además, habiendo tantas formas de llamar la atención o manipular a terceros, que alguien use un intento de suicidio para tales fines solo indica que el pensamiento suicida es real. En todos los casos debemos separar el intento de suicidio como señal de advertencia de otros posibles fines. Si alguien realiza un intento de suicidio para manipularnos de algún modo, no es necesario ceder a sus condiciones, pero sí brindarle la asistencia que necesita y todo ser humano merece (Ver Asistencia a Personas en Crisis o con Riesgo de Suicidio).

 

Otra idea también falsa que muchas veces se usa para conseguir una falsa tranquilidad es pensar: “Si realmente hubiera querido suicidarse lo habría hecho”. Este pensamiento se esgrime especialmente cuando el suicida usa métodos muy poco letales, que incluso pueden parecernos infantiles o ingenuos. Lo verdaderamente peligroso de un intento de suicidio no es solo el método empleado sino la intención de quien lo emplea. Muchos suicidas realizan varios intentos antes de finalmente consumar un suicidio, casi siempre con métodos cada vez más riesgosos. Son los ensayos previos de los que hablamos antes. Debemos ver al intento de suicidio como la punta visible de un iceberg. Debajo de la superficie seguramente se extiende una historia conflictiva que representa el verdadero peligro. (Ver El Proceso Suicida - Etapas iniciales y El Proceso Suicida - Etapas Avanzadas).

 

Un intento de suicidio que no llega a consumar el acto suicida nunca deja de ser una tragedia por las secuelas psíquicas y muchas veces físicas que puede dejar. Sin embargo, si sabemos interpretarlo, también puede ser una bendición. Pensemos que muchos suicidas no sobreviven a su primer intento. Los pensamientos suicidas, e incluso el malestar emocional, son vergonzantes en nuestra cultura. Por eso, muchos suicidas transitan casi todo su proceso en silencio y soledad. Un intento de suicidio no consumado podría ser la primera señal que adviertan sus familiares o allegados. Tal vez la única oportunidad para que el suicida reciba la contención de su entorno y la ayuda profesional que necesita. 
 

Conductas autodestructivas

 

Un intento de suicidio, por definición, debe incluir la intención consciente de quitarse la vida. Sin embargo, existen muchas otras acciones que podrían ser tanto o más peligrosas y muchas veces revelan deseos inconscientes de muerte o al menos un marcado desapego por la vida. Se las denomina para-suicidio o conductas autodestructivas y tienen en común con la conducta suicida que representan un verdadero riesgo para la vida o la integridad física del sujeto, y que suelen ser el emergente de una historia traumática y un estado de sufrimiento. Dejemos a un lado por el momento muchos hábitos o costumbres socialmente aceptadas que también son claramente conductas autodestructivas: fumar, consumir alcohol en exceso, el sedentarismo, la comida chatarra e incluso el consumo recreativo de algunas drogas “blandas”; no porque estas acciones sean menos peligrosas sino porque, en general, obedecen a otras causas como la presión social o la adicción. Nos referimos aquí específicamente a las conductas autodestructivas que se realizan como vía de escape al sufrimiento. Muchas veces son las mismas que las antes mencionadas pero en mayor grado, exceso o atracón, aunque también incluyen el cutting, otras formas de flagelación, el abandono de tratamientos médicos, auto-boicot de los proyectos personales, asumir riesgos innecesarios, por ejemplo al conducir y otras formas de hacernos daño a nosotros mismos. 

 

En general, ante el sufrimiento, cada persona elige la forma de castigarse a sí misma que le resulta familiar. No podemos juzgarlas por eso, de algún modo, todas las conductas autodestructivas brindan un poco de alivio inmediato al dolor emocional aunque al altísimo costo de necesitar cada vez más para conseguir cada vez menos. 

 

Como dijimos antes, las conductas autodestructivas no siempre van acompañadas de pensamientos suicidas ni necesariamente lleven a un intento de suicidio, pero al obedecer a la misma causa (el sufrimiento insoportable) es probable que efectivamente lo hagan. Por ese motivo se las considera como Factores de Riesgo de la Conducta Suicida y son parte del Proceso Suicida.

 

Es obvio que las conductas autodestructivas no representan una solución real para el dolor emocional que las impulsa. En el mejor de los casos el sujeto solo consigue un pequeño alivio que luego debe pagar con más dolor. Se constituyen así verdaderos círculos viciosos que van del dolor al castigo autoinfligido. Es difícil que una persona inmersa en tal círculo vicioso pueda salir de él por sus propios medios. La ayuda profesional siempre es recomendable. Pero incluso contando con la ayuda profesional necesaria y en el supuesto de que el sujeto acepte el tratamiento (muchas veces no lo hace), para que realmente se verifiquen progresos es necesario que el paciente colabore con una actitud positiva. Por esto decimos que además de la ayuda profesional siempre es necesaria la contención comunitaria. Si la persona cuenta con una familia, un grupo de amigos o un grupo de compañeros que le brinden escucha y contención, las probabilidades de éxito en su tratamiento aumentan. Ver Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas.

 

En todos los casos, las conductas autodestructivas deben ser observadas por familiares y amigos, y evaluadas en su verdadera dimensión como importantes factores de riesgo de la conducta suicida.

 

Confesiones directas sobre intenciones suicidas

 

El proceso suicida transcurre, en muchos casos, en forma silenciosa, por lo que es difícil para familiares o amigos darse cuenta de lo que está pasando. El propio afectado se ocupa de ocultar lo que piensa o siente por vergüenza o para no preocupar a otros. En otros casos, el proceso suicida puede ser muy expresivo: el sujeto se queja abiertamente de su situación, habla claramente de lo que siente, al menos con sus allegados, y suele confesar sin tapujos sus intenciones suicidas; a veces durante años o décadas. Aunque parezca increíble, también en estos casos suele resultar difícil para los más cercanos aceptar el verdadero peligro de la situación y actuar en consecuencia. Aún quedan barreras que impiden tomar en serio los dichos del otro, las más comunes son la familiaridad, el miedo a intervenir y el no saber cómo hacerlo.

 

Las personas que llevan su proceso suicida en forma tan abierta suelen confesar sus intenciones en forma recurrente. Con el tiempo van perdiendo credibilidad en su entorno más cercano. El pensamiento de los allegados podría ser: “Si otras veces amenazó y no lo hizo, ¿por qué lo haría ahora?”. Lamentablemente, las historias de personas que murieron a causa de suicidio nos dicen que ese pensamiento genera una falsa tranquilidad. El proceso suicida, en algunos casos, puede extenderse por años o décadas. En la mayoría de los casos es bastante silencioso y los familiares se muestran sorprendidos cuando ocurre el desenlace. Por eso, toda señal previa que un familiar o amigo pueda mostrar, más allá de que nos produzca angustia, rechazo, miedo o hastío, debe ser tomada como una oportunidad para intervenir. Más aún cuando nuestro familiar o amigo nos dice directamente “me quiero morir”, “ya no quiero vivir más”, o frases por el estilo. No importa cuantas veces lo haya dicho antes; si lo sigue diciendo solo puede significar que aún no le encuentra sentido a su vida y, que nos lo diga a nosotros, es una muestra de que confía en que lo podemos ayudar. 

 

Una confesión de ese tipo es siempre un pedido de ayuda, debemos darle la importancia que requiere, no ignorarlo, no evadirlo con respuestas como “no digas esas cosas”, “quedate tranquilo”, “vas a ver que todo va a estar mejor”. Más allá de que toda persona con pensamientos suicidas necesita ayuda profesional, también necesita ser escuchada, comprendida y contenida por su entorno: eso es lo que nos está pidiendo cuando nos confiesa sus pensamientos suicidas. 

 

Amenazas de suicidio

 

Cuando la confesión de los pensamientos suicidas se produce en medio de reclamos, condicionamientos o exigencias se ponen en juego otros sentimientos en quien la recibe. Es lógico sentirse presionado o manipulado. El enojo que nos produce esta situación puede hacer que dejemos de ver a la persona que nos está amenazando con quitarse la vida como un ser que sufre. Entonces surgen preguntas: ¿Está hablando en serio o solo quiere hacerme sentir mal para presionarme? ¿Realmente piensa en el suicidio o es todo una manipulación? Sin embargo, estas preguntas no tienen sentido porque ambas situaciones no son mutuamente excluyentes. Los casos particulares pueden mostrar infinitos matices, pero en términos generales podemos afirmar dos cosas:

 

  1. Cuando una persona apela a nuestros sentimientos para inducirnos a hacer algo que en principio no queríamos hacer hay algo de manipulación (lo cual, si lo pensamos bien, no debería asustarnos ya que es moneda corriente en las relaciones humanas).

  2. Cuando alguien menciona sus intenciones suicidas aunque sea en medio de una discusión y aunque sospechemos una intención solapada o explícita de manipular, casi siempre, el pensamiento suicida y el riesgo de suicidio son reales.

 

Las dos realidades pueden coexistir y de hecho coexisten. Cuando una persona quiere manipular a otra dispone de muchas estrategias posibles que van desde apelar a su compasión, a sus temores, a la culpa o muchas otras. No necesita inventar una intención suicida que no existe. Si la usa, en la gran mayoría de los casos, es porque el pensamiento suicida está presente. 

 

La pregunta entonces es qué hacer. ¿Debemos ceder a las presiones o a la manipulación? El caso más típico es el de una persona que es infeliz con su pareja y decide separarse, pero cuando se anima a hablar del tema recibe la amenaza: “si me dejás me mato”. ¿Le podemos pedir a esa persona que sacrifique su propia felicidad? Por supuesto que no. La felicidad de ambos es importante. Pero debemos saber que no escuchar el sentimiento real que se intenta expresar en forma de amenaza sin duda aumentará el riesgo. Las circunstancias particulares son muy variadas. Lo ideal sería poder separar la manipulación del pedido de ayuda: no ceder ante el primero pero atender el segundo (Ver Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas), pero sabemos que esto no siempre es posible en una relación deteriorada.  La otra alternativa es involucrar a terceras personas que sí puedan prestar asistencia, por ejemplo, los familiares directos de la persona con pensamientos suicidas. La persona que expresa pensamientos suicidas, incluso mediante amenazas, siempre debe ser tomada como una persona que sufre y que se encuentra en soledad frente a su sufrimiento. Independientemente de cual vaya a ser nuestra relación en el futuro, de algún modo debemos hacerle saber que sí nos importa lo que le pasa y lo que siente.

 

En otras relaciones cercanas, como padres e hijos o amigos, también pueden producirse amenazas de suicidio. Aunque las situaciones pueden ser muy diferentes, la regla general siempre es la misma: no es necesario ceder frente a las amenazas pero sí prestar atención y brindar asistencia de algún modo frente al pedido de ayuda que llevan implícitas.

 

Señales de Advertencia más sutiles de la Conducta Suicida

 

Hasta aquí nos referimos a las señales de advertencia más evidentes de la conducta suicida que, aunque son muy frecuentes, no comprenden todos los casos. Como dijimos antes, la mayoría de las personas que piensan en el suicidio llevan su proceso en forma muy silenciosa, tratando de ocultar, por miedo, vergüenza o para no preocupar a otros, sus verdaderos pensamientos o intenciones. Sin embargo, aún en estos casos hay señales que nos pueden indicar, aunque no con tanta seguridad, un mayor riesgo de suicidio. A ellas nos referimos en Conducta Suicida - Señales de Advertencia Más Sutiles.

 

Ver también:

 

Primeros Pasos para Prevenir el Suicidio

 

Asistencia a Personas en Crisis o con Pensamientos Suicidas

 

La Escucha Activa en la Prevención del Suicidio