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  • Escenarios Saludables

“¡Soy bipolar!”

Autora Anónima

Tengo 32 años y desde que recuerdo, presento síntomas de trastorno de bipolaridad, aunque recién me diagnosticaron con seguridad a los 31 años. Desde hace 5 años que estoy en tratamiento psicoterapéutico; siempre escuchaba la palabra “bipolar” desde muy de lejos, sin saber de qué se trataba. También conocía personas con esta condición. Para mí la palabra “bipolar” era que una persona pasaba de estar feliz a triste o que cambiaba de opinión o decisión de un momento al otro, pero no era algo más que eso.


Un día en la sesión con la psicóloga, hablaba sin parar como siempre; la psicóloga me frena y me dice: “vos tenés bipolaridad”. En ese mismo instante el mundo se paralizó y pensé: “¿qué me está diciendo esta mujer? Cuando salí, volvía a caminando a mi casa, me puse a llorar y pensaba: “¿en serio?, ¿Por qué?, ¿Por qué a mí? La primera persona a la que le conté, fue a mi mama.


La psicóloga me pasó el contacto de un psiquiatra, muy bien recomendado. En la primera sesión me di cuenta que tenía escrito en un cuaderno todos los síntomas que presentaba. El principal síntoma, era que no podía dormir de noche y que durante muchos años tomé tilo para poder bajar un cambio. El doctor me saco la ficha y me resumió en una hora todos esos 31 años de vida que padecí esta enfermedad; finalmente tenia trastorno de bipolaridad tipo 1 (maniaco-depresivo).


Desde ese momento empecé a interiorizarme, buscar información, leer, mirar series y películas; comencé a seguir páginas en Instagram de personas de otros países que tienen lo mismo que yo. Me sentía tan identificada con todos esos síntomas, que no podía creer que haya vivido tantos años con esta enfermedad sin saber que tenía y no encontraba el por qué y que me pasaba.


Aprendí que esta enfermedad está muy estigmatizada y que la gente que la padece no se animan a contar lo que tienen, por miedo al rechazo o a ser juzgados.

En mi caso siempre fui una persona de exteriorizar todo lo que me pasa y no tener vergüenza de nada. Comencé a contarle a mis seres queridos, amigos sobre esta enfermedad. Y pienso que quien me vea mal o loca, no es problema mío, sino de la otra persona. Quien te ama, te acompaña en este camino de transición y aprende a tener empatía.


También tuve que empezar a familiarizarme con las pastillas que son una gran aliada; sin ellas no podría hacer mi vida normal, o casi. Por suerte nunca tuve el prejuicio de tomarlas, así que me adapte enseguida. Pero si tuve que adaptarme a tener un pastillero; antes pensaba que esto era cosa de viejos, pero lo supere y hoy una de mis tareas es armarlo todas las semanas.


Otro gran cambio fue que un día, me acerque a la obra social para tramitar la medicación gratis y uno de los requisitos era tener un certificado de discapacidad, y pensé: “¡Guau es un montón!” Jamás tampoco pensé estar en esta situación, pero lo veo desde lado de que no me siento discapacitada, sino que es un derecho que tengo a ciertos beneficios.

Así voy caminando la vida lo mejor que puedo, pero mucho mejor que antes!!!

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