• autora anónima

Sentirse la oveja negra

Actualizado: 18 mar


El camino no es el suicidio, sino entender lo que nos lastima

Siempre sentí que mi vida era sufrimiento. Desde chica. Quizás por crecer en una familia donde la violencia psicológica, física y verbal, era moneda corriente, y yo no veía salida a esa situación.


El mundo siempre fue hostil para mí. Yo no estaba a gusto. Buscaba quien “me salvara”. Alguien que de pequeña me enseñara que yo valía, que me des-enseñara lo aprendido y me dijera, “vení, yo te cuido, yo te doy amor, yo te abrazo, yo te quiero, yo te enseño a ser feliz”.


Así crecí, así pase mi adolescencia, así sufrí abusos que pude reconocer recién de adulta para trabajar en ellos. Así, en medio de todo ese embrollo, llegó a mi vida la bendición de mi hijo, y dio vuelta mi mundo para siempre… yo nunca antes había sentido esa felicidad, jamás… Sin embargo, una idea rondaba mi cabeza todos los días: CUANDO ÉL SEA INDEPENDIENTE, TENGA SU VIDA HECHA Y YA NO ME NECESITE, YO ME VOY A SUICIDAR.


Así pasaron los años, y cuando yo pensé que era “el momento”, fue mi hijo quien intentó suicidarse en mi lugar. Y otra vez mi vida se puso patas arriba, pero esta vez yo sentí que no podía disponer de hacer con mi vida lo que había pensado, porque el debería transitar su recuperación con mi apoyo, eso era fundamental y, ¿qué hubiese pasado si yo cumplía lo que mi cabeza me decía?


Muchas veces, ahora, cuando el insomnio adquirido en la adolescencia en ese hogar violento, hace de las suyas, me doy cuenta de que las heridas de la infancia deben ser sanadas. Que influyen en nuestra vida adulta, que no somos más que niños grandes muy heridos, y que lo único que queremos es ser felices y que nos amen. Lo malo, es que cuando éramos pequeños y nos dañaron, no pudimos defendernos. En cambio ahora que somos adultos, si podemos hacerlo.


Entendí que finalmente había encontrado a quien me amara de verdad, con un amor sin contaminar y de la manera más pura, y sin embargo, también había querido huir de eso. Y también comprendí que quizás un miedo común en algunos padres, como fue mi caso, es que nuestros hijos dejen de necesitarnos. Es un miedo irracional, adquirido por el abandono sufrido, y que no existe tal cosa como “bueno, listo, ya creció, ya no me necesita, aquí terminamos la historia”.


No. Lo que terminan son las etapas junto a ellos. Es parte del crecimiento de ambos, ya que el hecho de que se independicen no es señal de que nos abandonaran como nos pasó en otras ocasiones con la gente errónea, sino que habrá otros momentos, otras instancias, como “ma, pone el agua que voy a tomar mate”, o “ma, ¿comemos unos ravioles el domingo?”, o “ma, te presento a mi novia” o “ma, ¿me cuidas los nenes este finde?”


Entendí que el camino no es el suicidio, sino entender lo que nos lastima, darle forma, ponerle nombre, olor, color, rostro… que deje de ser un fantasma acechando. Que pase a ser concreto, real, para poder saber contra qué estamos peleando.


Lo que también creo, es que en nuestro árbol, las heridas sin sanar se transmiten a las generaciones que nos suceden en forma de patrones y mandatos que hay que cumplir. Tradiciones, le llaman. Se crece de tal manera, se actúa de tal manera, se resuelven las cosas de tal manera, se sufre de determinada manera, y también se muere de determinada manera. Tortura, le digo yo.


Lo malo es que si no reparamos eso y aprendemos a amar sanamente, ellos repetirán nuestro sufrimiento, que a su vez no es nuestro, sino heredado. Lo bueno, es que cuando eso sucede, cuando de verdad se sana, es liberador, se siente bien, de hecho se siente genial ser la oveja negra de la familia, ya que como tal, cuando rompemos esas cadenas, liberamos a las siguientes generaciones de las ataduras que traemos, de los condicionantes impuestos, mostrándoles que otro camino es posible. “Alguien tiene que hacerlo”, dice el árbol. Todos lo piden implícitamente, pero… ¿quién se anima a dar el paso? Pues la oveja que entendió todo y está decidida, la oveja terca que no escucha imposiciones, la oveja rebelde y empática, la oveja negra!


Creo que no hay que temerle a la muerte, pero sí hay que dejarla que llegue cuando tenga que hacerlo. ¿Para qué el apuro, si en definitiva llegará alguna vez de todas formas?


Mientras tanto, seamos felices como podamos, pongamos marcha atrás a sentimientos que no son propios de nosotros, generemos herramientas para que los que más amamos, nuestros hijos y sus siguientes generaciones, aprendan a usarlas y se valgan de ellas para no pasar por lo mismo.


Pero también usemos esas herramientas para nosotros mismos. Para no perdernos nada de lo que venga en nuestra vida, de aquí en más.


Ver también:


El Camino de la Recuperación desde el Pensamiento Suicida


Reflexiones sobre el Sentido de la Vida en relación al Pensamiento Suicida