• Escenarios Saludables

Monte Quemado

Actualizado: 27 sept

Un viaje para el recuerdo, casi 10 años después


El primer viaje que fundó a Escenarios Saludables lo hicimos Rubén y yo a Monte Quemado; era una aproximación hacia un lugar donde, un grupo inquieto, estaba sorprendido por 6 muertes por suicidio de adolescentes en una incógnita población de Santiago del Estero. En ese viaje nos conectamos con un poblado raleado y disperso cercano al Impenetrable. Fue impactante, ya que, en esa aproximación, 18 personas que sabían que venía dos profesionales, se acercaron a pedir consulta.



Autor: Dr. Raúl Morello.


Tras la vuelta y el reporte observado por cada uno, casi todo el grupo convocado se decidió a formar parte de esa expedición hacia lo desconocido, gracias a una empresa que donó un micro, rutera por excelencia, el Vía Bariloche.

Las luces de lectura se prendieron y apagaron unas cuantas veces en libros que necesitaban ser leídos, pero que no daba la hora. Comenzó a partir de ahí una zarandeada sinfonía de ronquidos que se iban sucediendo alternativamente. Los cabellos fueron tomando formas del respaldo, la ventana o la mano que trataba de sostener cada cabeza; algunas babas cayeron por la comisura de los labios hasta que algún retumbo de la ruta nos hacía volver a acomodarnos para reiniciar el sueño.


El viaje fue largo. Durante el día se sintió mucho los no sé cuántos km del peor camino había sido transitado por los expertos del manejo y de las rutas que desoyeron los consejos de Marcos, quien, con mapa en mano, se confió demasiado en ellos y casi llegarían a Tucumán.

Bueno, con todo: hambre, sueño y cansancio, arribamos a destino.

El espacio del consultorio esta vez era más grande. Nos perdíamos en ese recinto aquello que se dice casi en un susurro.


De nuevo frente a aquellos santiagueños en su tinta me permitieron zambullirme en un interior donde tenía que definir qué cosa le corresponde al dolor del cuerpo, qué de la mente y cuál de su espíritu. Tarea que plantea una atención flotante desde el principio hasta el fin de cada consulta.

El raro privilegio de ser confidente de las intimidades humanas, era depositado gracias a una confianza ilimitada desde el primer momento para soltar sus penas. Tocaba definir dónde estaba el problema y a medida que esa consulta se producía, no importaba cuánto ni cómo se decía lo que había que decir, porque la escucha de tal o cual problemática, sosegaba ese espíritu inquieto que traía cada santiagueñ@ en su salsa.


Y se iba calmando a medida que soltaba marras; se conformaba con ser escuchado y que se lo mire a los ojos. Por ahí surgía una palabra que aclaraba lo normal de la preocupación que lo tranquilizaba, que no era para tanto y era entonces donde aparecía lo que no aparece en ninguna otra ciencia como la geología, la zoología ni la botánica ya que las piedras, los animales ni las plantas hablan. Aparecía el eco de la voz, la respuesta de la reacción y la toma de conciencia de un instante que clarificaba el pasado, hacía ancla en el presente o lo preparaba con cierta confianza sobre lo que está por venir, aunque hasta ahí, era una incógnita.


Pero no resultaba tan simple a la hora de escuchar otros relatos escalofriantes.


Sólo tenía que mirar atentamente a cada paciente y preguntarle en qué lo podía ayudarlo; eso alcanzaba para que el otro, sin reparo de ninguna índole, cuente el problema o lo que para él o ella era un problema. Ahí tomo en cuenta el significado del paciente virgen de este tipo de consultas: derraman de inmediato lo que siente, lo que piensan, sin rodeos. Distintos a los pacientes que vienen con alguna experiencia previa de terapia y miden, pesan y evalúan al terapeuta antes de contar su historia, ya que, deben sentir si somos confiables.


Los santiagueños mostraban otra cosa. Me concentré en eso de tener disponibilidad para soportar sus silencios tanto como sus lágrimas para que lo intente de nuevo. Porque sus silencios eran prolongados. Si bien no es la función reconfortar específicamente nuestra función, una parte mía daba permiso para sentir algo parecido. Al escuchar cada historia con atención, no pude menos que aprender del valor de quienes transitan algunos escabrosos caminos de la tragedia humana y continúan adelante. La comprensión de ese fenómeno daba como resultado una actitud inconsciente que después pude darme cuenta que era consuelo.

La ilimitada disponibilidad de cada encuentro hacía un claro en cada historia que se atrevía a ser narrada en primera persona, quizás, por primera vez, ya que hay pocos oídos disponibles o entrenados para escuchar tragedias. Hasta me asombraba que tanto dolor pueda ser soportado con estoicismo, lo que hablaba de la fortaleza que aparecía en ese esfuerzo. Entre aquellas lágrimas, la verdadera expresión de la espiritualidad humana, esa facultad que nos diferencia de nuestros parientes los animales, nos desafiaba a reconocernos parte del problema, como de la solución. Y por eso estábamos ahí, para provocar el segundo aspecto.


Invariablemente el paciente se despedía con dos besos y un abrazo. No sé de dónde salió eso. Podría llamar de gratuidad por brindar un oído atento, pero era turbador. Se trataba de un abrazo que venía desde Buenos Aires, de una entrega que se parece más al afecto y tiene muy poco de ciencia. Los médicos no se despiden así de sus pacientes.


Entre los participantes de ese escenario, donde se metían las monjas, los maestros, el Obispo, los pacientes y el grupo, sin darnos cuenta habilitábamos algo parecido a un sentimiento primordial como el de recuperar la confianza básica entre los seres humanos. Habida cuenta, la sociedad de hoy está habitada por otros sentimientos de competencia, indiferencia y recelo en la mayor parte de los casos. Esa facultad nos permitía generar un sentimiento que nos atravesaba con su corriente, aunque no podíamos saber cuáles serían sus resultados a futuro. No la promovía nadie en particular, se convertía en una promesa como rescoldo para una próxima vez, donde, apenas son soplar un poco las brasas, se enciende de nuevo el fuego al calor de su abrigo.


A pesar de no conocernos demasiado con cada participante del grupo, cada uno se encontró haciendo algo por el otro desde esta actitud pro activa que se llama gratuidad.


Porque es eso lo que encontramos: la gratuidad que en Monte Quemado nos alojó desde el primer momento.


En épocas donde el hombre es utilizado por el hombre y enrarece las relaciones cuando no las pervierte, este grupo descubrió otra dinámica, otra corriente afectiva, y aportaba ello a la creación de una relación saludable; independiente o muy unida al objetivo acerca de si lograría disminuir la crueldad de la problemática que fuimos a dilucidar.

Desde la soledad de las consultas no podía saber qué estaría haciendo cada uno del grupo allí afuera y, en realidad, no importaba demasiado, porque la confianza le otorgaba un crédito para que cada uno se sintiera en su propia tinta, descubriéndose en ese colectivo desconocido y seductor, como yo me estaba sintiendo.


Creo en esta experiencia que agrego un ingrediente adicional al oficio de escuchar tragedias. Ese ingrediente viene adornado por el recibimiento y la despedida del grupo que allí afuera estaba haciendo lo suyo: recibir a quien viene con problemas y darle algo tan escueto como una sonrisa, de interés y un mate caliente.


Si medimos los resultados recogidos en esa salida por las tortillas recibidas, estuvimos de parabienes: cada uno pudo recibir la suya como agradecimiento del servicio. Se trataba de un intercambio de saberes y fuimos para eso: para aprender qué y cómo puedo ponerme a disposición de servir al ideal de honrar la vida.


Haremos el mapa situacional, intentaremos establecer redes entre los distintos actores, nos pondremos de acuerdo con quienes son potables para que lideren a otros y estableceremos distancias con la indiferencia. Todo absolutamente necesario.


Mientras tanto, todavía rumiamos qué significado le otorgamos a Monte Quemado y desde ese escenario qué otras estrategias se activarán, para construir un mundo comprometido con ese otro que sufre en silencio.