• autor anónimo

Buscando el sentido de la vida en una biblioteca


No soportaba más. Tenía 20 años. Siempre fui muy emocional y me juzgaba mucho a mí mismo (aunque no me daba cuenta). Era diciembre, había finalizado la secundaria hacía un año. Vivía solo con mi hermano. Alquilábamos un departamento. Pasaba muchas horas solo, ya que mi hermano trabajaba. Yo había comenzado la licenciatura en letras ese año, para luego abandonar pasados unos meses.


En la adolescencia, varios fracasos sexuales me hicieron pensar que sufría de impotencia. Luego entendí que simplemente sufría de ansiedad. Eso, sumado a una gran timidez y a cerrarme a contar a los demás lo que me pasaba, lo que sentía, fue sembrando en mí la idea de terminar con mi vida.


El alcohol y las drogas no hicieron más que fomentar esos pensamientos, aunque en ese tiempo creía que consumiendo las voces en mi cabeza se callarían. También tenía un gran complejo de inferioridad, aunque exteriormente no lo quería demostrar para no expresar debilidad o inferioridad.


Unos dos años atrás, mientras todavía estaba en el colegio secundario, había comenzado a escribir versos libres de manera espontánea, sin pensar. Pero no los conservaba, los descartaba cuando los terminaba, un compañero me decía que estaba loco al tirarlos, que estaban muy buenos y se dedicaba a conservarlos.


Escribir era mi cable a tierra, allí era el papel y yo, nadie me juzgaba. Podía vivir lo que imaginara, expresar lo que sentía con libertad: la frustración, el miedo, las inseguridades, el amor, la esperanza... todo quedaba allí. Creo que si no hubiera descubierto que podía escribir versos hubiese explotado mucho antes.


Tenía 20 años y dije “hasta acá llegué”, el mundo es horrible, la gente es horrible, nada tiene sentido. Pareciera que el mundo fuera un gran loquero y nadie tuviera escapatoria. Fijé un día, una hora y la manera de hacerlo.

Llegó el día, y lo único que sentía era un gran vacío en el pecho. Todo parecía oscuro. Sólo quería que el dolor se terminara. Llegó la hora, me dispuse. La cabeza no paraba. Intenté hacerlo y no pude. Mi familia sufriendo por mí aparecía en imágenes, y no pude, me quebré, caí al piso del baño y lloré un rato bien largo. Me levanté y me fui a dormir hasta el otro día.


Luego de esa noche, algo me hizo reflexionar. Esto no puede ser todo, pensé. La vida no puede ser solamente esto. Tiene que haber un sentido, una razón de estar vivo!.


Al tiempo, ese verano, me crucé con una profesora de la secundaria, con la que siempre tuve gran afinidad. Yo andaba buscando cierto libro y le pregunté si lo tenía. Me dijo que lo fuera a buscar por su casa. Me mostró una gran biblioteca y me dijo que lo que me gustara podía llevarlo prestado. Fue el comienzo de una gran amistad.


Noté que una buena parte de su biblioteca contenía libros de autoayuda, religión, meditación, metafísica, yoga y esoterismo. Sin darme cuenta, comencé a leer uno tras otro. Y luego, las respuestas a mis dudas fueron llegando. Me alejé de las drogas y el alcohol, practiqué meditación, me convertí en un buscador de Dios y del sentido de la vida. Los años fueron pasando, la tristeza y el dolor fueron reduciendo su intensidad.


Cuando tenía 27 años, un buen amigo tomó la decisión de suicidarse. En el círculo de amigos no supimos ver los indicios. Fue un trago amargo, que dejó el interrogante, el de cómo se podría haber evitado su muerte.


Hoy llevo una vida tranquila, cumplí 42 años en agosto, tengo un hijo maravilloso de doce años, vivo con él y mi pareja, continúo escribiendo mis versos. Hace cuatro años me recibí de counselor. La parte práctica de la carrera me atravesó para conocerme mejor a mí mismo.


Los problemas de la vida continúan, pero se ven diferentes al sacarle la locura mental.


Espero que mi experiencia sirva a alguien, para ver que siempre hay solución a lo que nos pasa, y más importante aún, que todo pasa!!!

 

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