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Ayuda y arte, el grito que sana.

Autor: Hugo del Barrio


Fue un 17 de octubre a las cuatro de la tarde, cuando encontré el cuerpo sin vida de Osvaldo. Si bien era una muerte anunciada, porque cada mañana me advertía de la posibilidad del suicidio, el mito: “el que lo dice no lo hace”, me cargaba de un falso optimismo y promesas sobre un tiempo mejor. Claro que esa mentira no funcionó y lo hizo. Lo demás es inevitable.


Volviendo al momento de encontrarlo, siempre me llamó la atención la hora. Era las cuatro de la tarde, pero durante mucho tiempo tuve la sensación de que fuese de noche. Mi recuerdo era oscuro. Algo que se fue modificando a medida que trabajé el duelo. Ya han pasado doce años. Hoy las imágenes están fragmentadas, borrosas. Seguramente guardadas en alguna cajita de mi memoria. No encerradas…, guardadas. Porque en todos estos años, aprendí a volver a ellas de otra manera. A veces como en recuerdos conmemorativos al acercarse la fecha. Y muchas veces para traerlos y sanarlos.


Pocas veces había pedido ayuda antes de lo acontecido. Recuerdo que junto con la policía vinieron dos mujeres, creo que eran psicólogas y me dijeron que podía comunicarme con ellas si lo necesitaba. Estaba tan aturdido que apenas podía comprender que pasaba, pero inmediatamente pensé: “Claro que necesito ayuda”. La tenía de mi familia y mis amigos. Pero era otro tipo de ayuda, de alguien que me acompañara a entender y a permitirme quedarme con una respuesta, aunque fuese subjetiva; pero mía.


En los momentos difíciles evoco la imagen de una montaña. No me gustan las montañas; son para mí la representación de una escalada ardua y complicada. A los dos días buscando en Internet encontré una asociación que ayudaba a familiares de suicidas. Allí conocí a la Doctora Diana Altavilla y seguí escalando. Fueron años, complejos. Los duelos de muertes violentas lo son. La culpa por no haber podido impedirlo es algo que dura mucho más tiempo y tal vez es lo más difícil de asimilar. Años de terapia individual y luego grupal, las charlas con mi esposo y mis amigas fueron las manos que me permitieron llegar casi a la cima. La terapia y los afectos me enseñaron a pedir ayuda y a reconocer que uno no está solo. Uno no se salva solo.


Reconocer, hablar. Escuchar a otros que pasaron por la misma situación es sumamente importante. Nos saca de un centro egoísta. Pero funciona si uno acciona. Osvaldo en sus clases siempre decía, “Si estás en un naufragio en medio del mar, rezá; pero buscá la costa y rema hacia ella”. Tal vez su costa no fue la acertada; pero si su enseñanza. Y es ahí cuando el arte me salvó.


Lo mío siempre fue la escritura y el teatro, pero durante mucho tiempo no pude reflejar el problema en esos ámbitos. En las sesiones de análisis, surgió la idea de trabajar creativamente con el problema. Primero recurrí a un viejo amor, la plástica. Usar mis manos, buscar formas. Pinturas con volumen, limpiar mi cabeza y permitir que el tacto y la vista se ocupasen de mí. Mis ojos necesitaban salir de la oscuridad y ver el color. Tal vez no fueron resultados muy estéticos, pero si sanadores. Recuperar expresiones artísticas plásticas como el tallado en gomaespuma para la fabricación de títeres o la pintura me permitió parar la cabeza y conectarme con otros aspectos personales.


Después de cuatro años, pude plasmar por escrito vivencias relacionadas. Por entonces, se produjeron los suicidios de una astróloga conocida y de su hermano. El hecho me conmocionó y me permitió ver en ese espejo similitudes relacionales. Fue cuando escribí una obra de teatro llamada “Simbiosis”. Descubrí que detrás del suicidio hay relaciones enmarañadas, en mi caso, simbiótica. La imposibilidad de soltar, la necesidad de sobreprotección a un potente suicida y la terrible culpa por no haber podido frenarlo a tiempo. “Simbiosis” fue la primera escritura que me salvó. Aunque no hice mención en la obra de lo que me había ocurrido, molestó a alguna gente cercana que había encerrado el tema todo ese tiempo. Luego siguieron pequeñas referencias en otras obras, no sobre el suicido, sino sobre los lazos afectivos que funcionaron. También volvió el diario íntimo, compañero, confesor y liberador, escrito a mano, con un tiempo diferente al del teclado. Con letra cambiante, anímica. Se unieron las páginas de la mañana, que también me había enseñado Osvaldo, esa escritura automática recomendada por Julia Cameron en sus libros sobre el camino del artista. Escribir, sin pensar, donde fluye la conciencia. Por último, las lecturas, animarme a leer una novela, un cuento o un artículo donde se hable del tema, sin sentir desesperación. Pero en algunos casos, un llanto liberador.


Si llegué a la cima, no lo sé. Escalé mucho. Tal vez la alcance el día de mi muerte, porque aprendí que los familiares de suicidas aprendemos a vivir con lo ocurrido. Y que hay dos caminos, que tienen la misma distancia. El del abandono, encerrados en el pasado, sin perdonar, ni perdonarnos o el de aceptar, entender y trabajar para crecer y seguir aprendiendo. En ambos caminos nos acompaña lo ocurrido, como nuestra infancia, nuestra adolescencia nuestras alegrías y tristezas, pero el segundo, aunque trabajoso es menos duro, no nos enferma; porque lo que encerramos enferma. El pedir ayuda hace que haya alguien del otro lado tendiendo su mano. El recurrir al arte hace que nuestra mano esté dispuesta a ayudarnos a nosotros mismos.



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